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miércoles, 11 de marzo de 2026

La caída del hombre, la ventana rota y el intento de justificación de las ideologías

 La caída del hombre, la ventana rota y el intento de justificación de las ideologías


Comencemos por algo sencillo.


Las ideologías son pretensiones.


Pretensiones de universalidad.

Pretensiones de verdad.

Pretensiones de justicia.


Pero, en realidad, suelen ser algo mucho más modesto:

intereses particulares disfrazados de verdades universales.


Intereses de clase.

Intereses de grupo.

Intereses de poder.


El diccionario define pretensión como una aspiración ambiciosa o desmedida.


Es decir: empezamos mal.


Porque cuando una idea nace como pretensión, lo siguiente que necesita es una justificación.


Y después de la justificación viene algo inevitable:


la manipulación.


Por eso es importante entender desde el principio la ingenuidad —por no decir la temeridad— de suscribirse a una ideología.


Entre las muchas pretensiones que circulan hoy, hay una que se repite con insistencia casi litúrgica:


la idea de que el sufrimiento es exclusivo de un sexo.


Esta creencia solo puede surgir de tres lugares posibles:


de una profunda ignorancia,

de un profundo ateísmo,

o de una profunda malicia.


Y a veces —lo cual es peor— de la combinación de los tres.


¿Por qué?


Porque cualquiera que conozca mínimamente la tradición cristiana sabe que el sufrimiento no es un fenómeno ideológico, sino una consecuencia del pecado.


Cuando nuestros primeros padres decidieron desobedecer a Dios, el sufrimiento entró en la historia humana.


No entró en la historia de los hombres.

No entró en la historia de las mujeres.


Entró en la historia de la humanidad.


En el Génesis, Dios le dice a Adán que su alimento le costará el sudor de su frente.


Y a Eva le dice que dará a luz con dolor.


Pero sería una lectura infantil creer que esas son las únicas consecuencias del pecado.


La realidad es mucho más amplia.


La vida es dura para todos.


A todos nos afectan las decisiones de los poderosos:


los precios,

los impuestos,

las leyes,

y peor todavía, la manipulación mediática.


Es cierto que hay personas cuya capacidad de análisis se reduce a una sola neurona funcional: la que les impide beber agua del excusado.


Pero los demás —con un poco de esfuerzo— quizá podamos entender lo que está ocurriendo.


Cuando los poderosos decidieron que los votos de los hombres no eran suficientes para su corrupción, encontraron una solución sorprendentemente sencilla:


multiplicar votantes.


Así apareció un nuevo derecho.


El derecho al voto femenino.


Pero aquí surge una pregunta incómoda.


Si el voto es algo serio, ¿por qué puede ejercerlo cualquiera?


¿Por qué no votan únicamente quienes saben de economía?

¿Quienes entienden de política?

¿Quienes comprenden las relaciones internacionales?


La respuesta es bastante simple.


Porque el sistema no necesita votantes informados.


Necesita votantes numerosos.


Y, si es posible, emocionales.


Más tarde, cuando los impuestos que pagaban los hombres ya no eran suficientes, apareció otra idea brillante.


Convencer a las mujeres de que también tenían derecho a pagar impuestos.


Naturalmente, nadie presentó la propuesta de esa manera.


Nadie organiza una revolución diciendo:


“Señoras, venimos a cobrarles”.


Había que presentarlo como una conquista.


Después vino otro paso lógico.


Cuando los poderosos decidieron que querían educar a nuestros hijos, bastó con convencer a las mujeres de que estar en casa estaba mal.


Que criar hijos era opresión.

Que educarlos era una pérdida de talento.

Que la verdadera libertad consistía en trabajar fuera del hogar.


Y así, con un solo movimiento ideológico, lograron tres cosas al mismo tiempo:


dos contribuyentes en lugar de uno,

más consumidores,

y niños educados por el Estado.


Un negocio perfecto.


Pero la historia no termina ahí.


Cuando los poderosos decidieron que comprábamos muy poco, apareció otra narrativa conveniente.


Había que convencernos de que era mejor tener pocos hijos.


O mejor aún: que cada individuo decidiera libremente sobre su propio cuerpo.


Una consigna aparentemente noble.


Pero curiosamente silenciosa respecto a algo muy importante.


Sobre nuestras carteras…

sobre nuestros impuestos…

sobre nuestra capacidad económica…


eso ya lo habían decidido ellos.


Y cuando los poderosos comprendieron que ya habían dado demasiadas pistas, entendieron que faltaba una última pieza para asegurar el control:


dividirnos con ideologías.


Nada divide más rápido que una ideología.


Porque una ideología no es solo una idea.


Es una idea que convierte al que no piensa como tú en enemigo.


El hombre que quiso ser como Dios, el hombre que quiso tener conocimiento del bien y del mal, termina cayendo en una paradoja curiosa:


cree que entiende el mundo…

y termina atrapado en una ideología.


El tema del sufrimiento femenino se ha convertido en una falacia ad nauseam.


Se repite en todo momento.

En todo lugar.

En cualquier ámbito.


Como si el sufrimiento fuera un monopolio femenino.


Incluso dentro de la Iglesia, algunos sacerdotes y obispos se han tragado el relato completo.


Pareciera que hemos perdido el respeto por las estadísticas.


A menos, claro, que se usen para manipular.


Porque cuando se revisan los datos con calma, el relato empieza a desmoronarse.


Cada intento de victimizar a la mujer termina dejándola mal parada.


Porque si las mujeres necesitan privilegios…


¿significa que son inferiores al varón?


Dicen que somos iguales.


Pero exigen privilegios.


Eso no es igualdad.


Eso es un absurdo.


Si hay que normalizar algo…


es porque evidentemente no es normal.


Pero la palabra “normal” solo molesta cuando aparece la biología.


Entonces la ideología pregunta:


“¿Qué es normal?”


Como si la normalidad fuera una enfermedad.


Las estadísticas muestran algo incómodo.


La ausencia del padre está profundamente relacionada con la delincuencia.


Y sin embargo vivimos en una cultura donde odiar al varón se ha vuelto casi una moda.


Pero muchas veces ese odio tiene una explicación más simple.


Ausencia paterna.


Odian al varón porque el padre no estuvo.


Odian al varón porque el que les gustaba las rechazó.


Porque el novio las engañó.


Porque el despecho también produce ideologías.


Hoy existen grupos de mujeres que se describen como empoderadas, independientes, autosuficientes.


Virtudes admirables.


El problema aparece cuando esas palabras se convierten en sinónimo de insoportable.


Y entonces aparece una explicación conveniente para el rechazo masculino.


“Los hombres tienen miedo”.


Pero no.


No es miedo.


Es simplemente sentido común.


Nadie está obligado a soportar a alguien insoportable.


En muchos países no existe un solo derecho que las mujeres no tengan.


En algunos lugares incluso tienen más.


Y aun así el discurso de la víctima continúa.


En las marchas feministas muchas veces ocurre algo curioso.


Si preguntas por qué marchan, dirán:


“Por los derechos de las mujeres”.


Si preguntas cuáles…


aparecen tres respuestas automáticas:


el derecho al voto,

el derecho a decidir sobre el propio cuerpo,

y el derecho a cobrar lo mismo.


Es decir:


derechos que ya existen,

derechos mal entendidos,

o derechos basados en mitos.


¿Entonces qué está pasando realmente?


Aquí aparece algo interesante de la criminología.


La teoría de las ventanas rotas.


Cuando un entorno parece abandonado, el desorden crece.


La idea proviene de un experimento del psicólogo Philip Zimbardo.


Dos coches idénticos.


Uno en el Bronx.


Otro en Palo Alto.


El del Bronx fue saqueado rápidamente.


El de Palo Alto permaneció intacto… hasta que alguien rompió la primera ventana.


Entonces ocurrió lo inesperado.


Los respetables vecinos de Palo Alto hicieron exactamente lo mismo que los delincuentes del Bronx.


La conclusión era clara.


La ventana rota legitima el desorden.


Y muchas marchas ideológicas funcionan exactamente así:


como ventanas rotas sociales.


También existe otro fenómeno psicológico interesante.


La disonancia cognitiva.


En pocas palabras:


si no vives como piensas…


terminarás pensando como vives.


Si las mujeres realmente tuvieran todas las desventajas…


probablemente ya se habrían extinguido.


Pero las estadísticas muestran otra cosa.


En suicidio.

En pobreza.

En abandono escolar.

En situación de calle.


Los varones suelen estar peor.


¿Por qué los varones no marchan?


Porque no lo necesitan.


Los varones saben algo que la ideología intenta ocultar.


A las mujeres, a los niños y a las mascotas se les quiere por default.


Al hombre se le quiere si sostiene.


Y hoy también se intenta convencer al varón de que deje de sostener.


Que no provea.


Que no resista.


Que se feminice.


Pero la realidad tampoco está confirmando ese experimento.


Ahora bien, hay otro punto que casi nunca se menciona.


Si las mujeres realmente estuvieran libres de ideologías, probablemente ocurriría algo bastante simple.


Muchas elegirían lo que durante siglos eligieron de manera natural:


cuidar de su hogar y de sus hijos.


No por imposición.


Sino porque la maternidad y el cuidado forman parte de su naturaleza.


Pero una ideología necesita conflictos permanentes.


Primero convence a la mujer de que quedarse en casa está mal.


Luego la empuja al mercado laboral.


Y finalmente construye un nuevo discurso donde la mujer aparece como víctima por no poder trabajar fuera de casa.


Primero se crea el conflicto.


Y luego se vende la solución.


Sin embargo, incluso aquí la realidad es más compleja.


Hay muchas mujeres que no han perdido el sentido común.


Mujeres que no compran el discurso feminista.


Mujeres que conservan la cordura suficiente para darse cuenta de que algo no encaja.


El feminismo suele presentarse como si hablara en nombre de todas las mujeres.


Pero eso simplemente no es verdad.


Hay muchísimas mujeres que no están de acuerdo.


Lo lamentable es que incluso entre quienes critican el feminismo todavía circula una idea curiosa:


la idea de que hubo un feminismo bueno.


Un feminismo noble.


Un feminismo puro.


Pero esa idea también es un mito.


El feminismo nunca ha sido simplemente una lucha por derechos.


Siempre ha sido una ideología.


Y como toda ideología, siempre ha servido para algo más que lo que decía defender.


Los poderosos lo saben muy bien.


Si quieren manipular a ciertas mujeres, les ofrecen una ideología de emancipación.


Y si quieren manipular a ciertos hombres, les ofrecen una ideología de intelectualidad.


A unas les ofrecen feminismo.


A otros les ofrecen socialismo, comunismo o marxismo.


El mecanismo es exactamente el mismo.


Solo cambia el envoltorio.


Por eso, quizá la actitud más sensata frente a las ideologías sea una muy simple:


desconfiar de todas.


Porque cuando el hombre intenta reemplazar la verdad con una ideología…


termina haciendo exactamente lo mismo que hizo en el Edén.


Querer ser como Dios.


Y ese experimento ya sabemos cómo terminó.


Por eso, tal vez convendría hacer algo mucho más sencillo.


Leer la Biblia.


Invocar al Espíritu Santo.


Y recordar tres cosas muy simples.


Primera.

Una ideología siempre promete justicia… pero casi siempre termina sirviendo al poder.


Segunda.

Cuando una idea necesita censurar la realidad para sobrevivir, no es verdad: es propaganda.


Tercera.

La verdad no necesita ideologías para sostenerse.


Solo necesita que alguien tenga el valor de decirla.



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Con gratitud,


MEJÓRAM



Conferencista Católico