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jueves, 13 de agosto de 2026

 LA INDUSTRIA DEL ENEMIGO

Lo que a continuación van a escuchar es el manual perfecto para odiar al enemigo correcto. (#sarcasmo)

Porque, seamos sinceros: no basta con odiar. Hay que saber a quién odiar. Hay que saber por qué odiarlo. Hay que conocer incluso el vocabulario correcto para explicar nuestro odio.

Y, sobre todo, hay que asegurarnos de que estamos odiando a la persona ideológicamente correcta.

Vivimos en una época que habla constantemente de amor, paz, inclusión, tolerancia, diversidad y libertad.

Y, sin embargo, basta mirar las redes sociales para descubrir una curiosa paradoja:

Parece que cada vez hay más gente que sabe perfectamente a quién hay que odiar.

Unos odian al capitalismo.

Otros al comunismo.

Unos odian a Trump.

Otros a los trumpistas.

Unos odian a los gringos.

Otros a los progresistas.

Unos odian a las transnacionales.

Otros al patriarcado.

Y casi todos tienen perfectamente identificado al culpable.

Entonces me pregunto:

¿Qué clase de pacifismo necesita un enemigo permanente para mantenerse en pie?

CUANDO UNA IDEA PRETENDE EXPLICARLO TODO

El problema comienza cuando una idea deja de ser una herramienta para comprender la realidad y pretende convertirse en la explicación de toda la realidad.

La libertad es un bien.

La igualdad es un bien.

La justicia es un bien.

La paz es un bien.

El progreso puede traer bienes.

La tradición puede conservar bienes.

Pero ninguna de esas cosas explica por sí sola todo lo que ocurre.

Porque cuando una idea pretende explicarlo todo sucede algo peligroso: la realidad deja de corregir nuestras ideas y nuestras ideas empiezan a corregir la realidad.

Ya sabemos quién es culpable antes de investigar.

Ya sabemos quién es víctima antes de escuchar.

Ya sabemos quién tiene razón antes de conocer los hechos.

La justicia pregunta qué ocurrió.

La inteligencia pregunta por qué ocurrió.

La ideología pregunta quién tiene la culpa.

Y muchas veces responde antes de investigar.

Por eso quiero conservar algo que considero fundamental:

la libertad de reconocer la verdad aunque no favorezca a los míos.

Porque puedo encontrar una verdad en alguien con quien discrepo.

Puedo descubrir un error en alguien que admiro.

Puedo estar de acuerdo con una decisión de alguien que considero equivocado.

Y puedo criticar una decisión de alguien que normalmente apoyo.

Sin cambiarme de camiseta.

Porque:

Si sólo puedo reconocer la verdad cuando favorece a los míos, no estoy buscando la verdad: estoy buscando confirmación.

CUANDO TAMBIÉN QUIEREN ADMINISTRAR NUESTROS AFECTOS

Pero una ideología puede ir todavía más lejos.

No se conforma con decirte qué pensar.

También puede terminar diciéndote a quién admirar, a quién despreciar, de quién desconfiar, a quién defender y a quién cancelar.

Es decir: pretende organizar tus afectos.

Y aquí aparece una frase que me gusta mucho de una canción del grupo La ley: 

“No intenten enseñarme quién me quiso y a quién debo amar”.

Porque una cosa es enseñarme que existe el bien y el mal.

Y otra muy distinta es entregarme una lista de personas que debo amar y otra de personas que debo despreciar.

Porque entonces ya no solamente están intentando gobernar mi inteligencia.

Están intentando gobernar mi corazón.

EL NUEVO CÓDIGO DE LIBERTAD

Y esto llega incluso a cosas que parecen insignificantes.

Cómo vestir.

Qué palabras utilizar.

Qué símbolos llevar.

Qué expresiones culturales podemos adoptar.

Nos dicen:

“Sé libre. Sé tú mismo”.

Pero inmediatamente aparecen nuevas categorías:

apropiación cultural,

lenguaje problemático,

conducta problemática,

elecciones problemáticas.

Y entonces descubro que soy libre... siempre que sepa previamente cuáles son las opciones "moralmente" (según ) aceptables.

No digo que toda crítica cultural sea absurda.

Digo algo más sencillo:

¿En qué momento la libertad dejó de significar poder elegir y comenzó a significar elegir correctamente según el nuevo código moral?

Porque:

La ideología puede hacer que el individuo renuncie voluntariamente a su libertad para demostrar que es libre.

LA DOBLE VARA

Y cuando una ideología empieza a organizar nuestros afectos, también empieza a afectar nuestra manera de juzgar.

Hablemos por ejemplo de Trump.

Puedo pensar que Donald Trump es vulgar, impredecible, egocéntrico o políticamente equivocado.

Perfectamente.

Ésa, por cierto, es mi respetabilísima opinión científica: (broma) 

Trump está medio loco. 😂

Pero una cosa es decir:

“No estoy de acuerdo con esta decisión de Trump”.

Y otra muy distinta:

“Trump es malo; por tanto, todo lo que haga está mal”.

Lo primero juzga un acto.

Lo segundo juzga una identidad.

La justicia pregunta qué hizo.

La ideología pregunta quién lo hizo.

Y aquí aparece una paradoja todavía más interesante cuando hablamos de soberanía.

Venezuela habla de soberanía.

Cuba habla de soberanía.

Nicaragua habla de soberanía.

Y México tampoco se queda atrás.

Pero podemos hacer una pregunta incómoda:

¿De qué sirve proclamar la soberanía mientras el crimen organizado controla territorios, intimida comunidades, corrompe instituciones y disputa al Estado el monopolio de la fuerza?

Porque una nación puede perder soberanía frente a una potencia extranjera.

Pero también puede perderla desde dentro.

Y entonces ocurre algo aparentemente absurdo.

Algunas personas que normalmente rechazarían cualquier intervención de Estados Unidos pueden terminar viéndola con esperanza.

No porque de repente amen a los estadounidenses.

No porque hayan convertido a Trump en su salvador.

Sino porque sienten que el enemigo que amenaza su libertad ya está dentro.

Entonces la pregunta deja de ser:

“¿Te gusta Trump?”

Y pasa a ser:

“¿Qué está ocurriendo realmente?”

No necesito convertir a Trump en un héroe para reconocer que puede hacer algo correcto.

Puedo criticarlo mañana por una decisión equivocada y reconocer hoy una decisión acertada.

Puedo considerar que está medio loco y, al mismo tiempo, agradecer que tenga la determinación que otros no tienen.

No tengo que defender a Trump para reconocer una verdad.

Y tampoco tengo que odiarlo para demostrar que soy una persona decente.

Porque si la realidad contradice mi ideología... el problema puede estar en mi ideología.

INCLUSO CUANDO HABLAMOS DE AMOR

Hay algo particularmente curioso en una cultura que ha convertido el amor en uno de sus grandes lemas.

“Love is love”.

“No hate”.

“Be kind”.

Magnífico.

Pero la verdadera prueba del amor aparece cuando tengo delante a alguien que considero profundamente equivocado.

Porque amar al que piensa como yo no es demasiado difícil.

El desafío comienza cuando el otro piensa distinto.

Puedo combatir una idea sin odiar a quien la sostiene.

Puedo denunciar una injusticia sin desear el mal del injusto.

Puedo considerar que alguien está profundamente equivocado sin dejar de reconocer su dignidad.

Porque:

No se combate la discriminación creando un discriminado políticamente conveniente.

Y si proclamamos que no debemos odiar, no podemos convertir el odio hacia determinadas personas en una virtud socialmente aceptable.

Porque entonces ocurre una paradoja:

El discurso que comenzó diciendo “no debemos dividir” necesita fabricar una división para poder existir.

Y MIENTRAS TANTO, LA CULTURA DE LA MUERTE...

Y sí, mientras discutimos quién es el enemigo correcto en las redes sociales, hay algo mucho más serio ocurriendo.

Una cultura puede comenzar a considerar que determinadas vidas son eliminables.

El niño antes de nacer.

El enfermo.

El anciano.

El discapacitado.

La persona cuya vida se considera una carga.

Y aparecen, con diferentes justificaciones, el aborto, la eutanasia, el suicidio asistido y determinadas formas de eugenesia.

Podemos discutir cada fenómeno por separado.

Pero hay una pregunta que los atraviesa:

¿Qué sucede cuando la dignidad humana deja de ser inherente y comienza a depender de determinadas condiciones?

Porque alguien tendrá que decidir quién cumple esas condiciones.

Y entonces una sociedad que pretendía liberar al hombre puede terminar decidiendo qué hombres merecen seguir viviendo.

Eso sí me preocupa mucho más que una guerra de hashtags.

LOS PUEBLOS ORIGINARIOS Y LAS CONTRADICCIONES

También me resulta curioso escuchar constantemente que debemos proteger a los pueblos originarios, preservar sus culturas y defender sus derechos.

Y, al mismo tiempo, promover políticas que, desde una perspectiva provida, resultan difíciles de conciliar con la protección de la continuidad de esas mismas comunidades.

Me surge una pregunta:

¿Cómo puede una política presentarse como protectora de una comunidad y considerar un bien la eliminación deliberada de vidas pertenecientes a esa misma comunidad?

Y hay otra ironía histórica que me resulta particularmente curiosa.

Nos pasamos el día denunciando la herencia española...

en español.

No digo que todo lo que hicieron los españoles haya sido bueno.

Seguramente hubo abusos, injusticias y personas moralmente deplorables.

Pero convertir toda una civilización en un villano histórico tampoco es hacer historia.

Cuando una ideología necesita convertir toda una historia en una historia de buenos y malos, deja de hacer historia y comienza a fabricar una mitología política.

ENTONCES, ¿QUÉ HACEMOS?

Aquí es donde quiero tener mucho cuidado.

Porque podríamos denunciar la ideología y terminar convirtiéndonos en otra.

Podríamos decir:

“Como ellos son malos, cualquier cosa que hagamos contra ellos está justificada”.

No.

Eso sería exactamente la misma enfermedad.

Si una marcha no funciona, hay que pensar.

Si una protesta no funciona, hay que organizarse.

Si una ley es injusta, hay que combatirla por los medios legítimos.

Hay que educar.

Hay que votar.

Hay que asociarse.

Hay que hablar.

Hay que escribir.

Hay que evangelizar.

Hay que resistir civilmente cuando sea necesario.

Y sí: la tradición católica reconoce la legítima defensa frente a una agresión injusta, incluso con fuerza proporcional a la necesidad.

Pero una cosa debe quedar clarísima:

La legítima defensa no es una licencia para ejercer violencia contra quien piensa diferente.

Que una causa sea justa no convierte automáticamente en justos todos los medios utilizados para defenderla.

LA VIOLENCIA CRISTIANA

Y aquí aparece una palabra incómoda del Evangelio.

Jesús dice:

“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”.(Mt 11,12)

La tradición espiritual cristiana ha entendido también esa violencia como el esfuerzo radical contra uno mismo para vencer el pecado.

Y aquí encuentro una diferencia enorme:

La ideología me pregunta contra quién debo luchar.

El Evangelio me pregunta qué debo vencer en mí.

Mi soberbia.

Mi ira.

Mi egoísmo.

Mi comodidad.

Mi vanidad.

Mi cobardía.

Mi pecado.

Ésa sí es una batalla que nadie puede librar por mí.

Y quizá por eso el cristianismo resulte tan incómodo.

Puedo pasarme la vida denunciando los errores de los demás y no haber corregido uno solo de los míos.

Puedo saber perfectamente quién está equivocado y ser completamente ciego ante lo que está mal en mí.

Puedo defender la doctrina correcta y tener un corazón miserable.

NO NECESITO UN ENEMIGO

Y quizá ésta sea la razón más profunda por la que no quiero que una ideología piense por mí.

No necesito un enemigo.

Tengo demasiado trabajo.

Tengo que aprender.

Tengo que amar.

Tengo que perdonar.

Tengo que corregirme.

Tengo que hacerme responsable de mis actos.

Tengo que buscar la verdad.

Tengo que aprender a vivir.

Y algún día...

tengo que aprender a morir.

Tengo demasiado trabajo interior como para dedicar mi vida a fabricar enemigos exteriores.

Por eso no quiero que una ideología me diga a quién debo odiar.

Quiero una inteligencia capaz de descubrir la verdad... aunque esa verdad no favorezca a los míos.

Porque:

La ideología necesita un culpable.

La inteligencia busca una causa.

La justicia busca la verdad.

Y el cristianismo añade algo todavía más incómodo: me recuerda que el pecador también puedo ser yo.

¿QUÉ SERÍA 100% CATÓLICO HACER?

Ésa es la pregunta que realmente me interesa.

No: ¿Qué haría la izquierda?

No: ¿Qué haría la derecha?

No: ¿Qué harían los progresistas?

No: ¿Qué harían los anticapitalistas?

No: ¿Qué harían los que piensan como yo?

La pregunta es:

¿Qué sería 100% católico hacer?

Y quizá la respuesta empiece por algo bastante sencillo:

Rezar.

Pero también pensar.

Amar.

Pero también corregir.

Perdonar.

Pero también exigir justicia.

Defender la verdad.

Proteger al débil.

Denunciar la injusticia.

Resistir el mal.

Y hacerlo sin convertirnos en aquello que combatimos.

Porque:

No quiero ganar una guerra cultural.

Quiero ser fiel a Cristo en medio de una guerra cultural.

Y entonces vuelvo a aquella frase:

“No intenten enseñarme quién me quiso y a quién debo amar”.

Tengo demasiadas preocupaciones.

Y antes de preguntarme:

“¿A quién debo odiar?”

prefiero preguntarme:

“¿Qué es verdad?”

Después:

“¿Qué debo hacer con esa verdad?”

Y finalmente:

“¿Qué sería, en esta situación, 100% católico hacer?”


Escrito por Mejóram para "Aquí piensa alguien." 

13/08/2026


Como conferencista y músico Católico las vacaciones de Navidad y Julio y Agosto son especialmente difíciles cuando dependes de la Providencia, si gustas hoy podrías ser parte de un milagro de la Providencia invitándome a un café o un refresco o una pizza o lo que gustes:

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miércoles, 12 de agosto de 2026

LA LUZ AL FINAL DEL TUNEL

 LA LUZ AL FINAL DEL TUNEL


  Hace mucho que tengo la impresión de estar a punto de conocer si tengo alguna virtud y cuáles serían...luego resulta que era influenza, en otra ocasión mi colon...la siguiente dengue y así diferentes cosas, no juntas, no enseguida una de la otra, pero me llama la atención que cada vez que ocurre tenga esa sensación de estar a nada de dejar de ser lo que sea que soy para tener la oportunidad de escuchar cómo se lamentan de que haya cruzado el tunel y la puerta...


  No sé cuándo ocurrirá, no sé si sean sueños proféticos o simple tentación de aquel enemigo antiquísimo de las almas para intentar llevarme a la desesperación, o si esos sueños reflejen un deseo de hacer la última travesía a través del túnel. 


 A veces estoy tan seguro de mi mala suerte que pienso que probablemente viva tantos años como Matusalén, si tuviera alguna "desesperanza" sería la de que nunca me toque cruzar el tunel, obviamente ese pensamiento no dura nada pues es obvio que tarde o temprano nos tocará a todos. 


 No sé si algún día estaré listo para irme, a veces pienso que son más ganas que preparación lo que tengo. Otras, yo mismo me digo que aún no he logrado ofrecer a Dios ni el 0.00000000000000001% y yo quisiera darle antes de ir, el 100000000000000000000 x n! % (ni sé si exista eso) pero es que, piénsalo, se trata del estado de Gracia que tendrás por toda la Eternidad. Ya en esta vida ha tenido demasiada miseria como para continuar igual en la otra.


  A lo mejor cruzo la puerta y me entero de todavía más defectos y todos hacen fiesta aquí porque por fin se habrán librado de mi. (Tranquilos, son sólo cosas que han pasado por mi mente) 


  La verdad es que ni colgar los tenis es bueno, no puede ser posible, pero lo es, que vivir o cruzar es de todos modos caro. A los 50  ¿debes ahorrar para comprar una   casa, para comer o para comprar una caja? Siguiendo el pensamiento de Kiyosaki, se necesita negocio que pague los gastos del hogar, un negocio que te permita pagar viajes, un negocio que te permita pagar todos los temas de salud, un negocio para obras de beneficencia ("altruismo") y por lo que se ve un negocio para pagar tu funeral.


 Siempre pienso en ese día, soy quizá excesivamente consciente de que un día estaré frente a mi Señor dando cuentas, y quisiera presentar los mejores resultados. Repito, cotidianamente medito en este tema, últimamente con mayor intensidad pues falleció un excompañero de la escuela, la mamá de un amigo, una hermana del grupo de oración, el papá de un amigo, un amigo de la iglesia...

SE PUSO RARO EL INSTAGRAM :

Y de pronto me aparece este video (link más abajo) ¿Me estás diciendo que es tan sencillo como acostarme un rato, dejar de esconderme de los verdugos, dejarles hacer su trabajo para que también ellos lleven sus cuentas y ya?

Si un día les sorprende la noticia de que he cruzado...no se espanten, oren porque mi Señor me haya concedido lo que le pedí antes de llevarme. Y no hablen de mis virtudes, si las tuve, imítenlas y supérenme. No lloren, sonrían y crean que les amé al grado de atreverme a importunarles con tal de que se pongan a salvo. . .


Y, un favor , cuando vean a mis hijas díganles que a ellas las amé y las seguiré amando muchísimo más, con locura, con todas mis fuerzas, son lo mejor que me ha pasado. 


MEJÓRAM 

Conferencista católico.

12/08/2026

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Dios te bendiga hoy y siempre.

Con gratitud,

MEJÓRAM

Conferencista Católico




martes, 28 de julio de 2026

EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN

 EL ELEFANTE EN LA HABITACIÓN

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Imagina que vas caminando, no importa dónde, y de pronto —por increíble que parezca— ves ante ti un enorme elefante.



Es majestuoso, piensas para tus adentros.

Y de pronto, una voz te saca de tus pensamientos:


—Es fantástico —comenta alguien a tu lado.

—Sí que lo es —respondes con amabilidad.

—Bueno… pero no tanto —expresa alguien más.


Intentas dejarlo pasar. Son apenas las ocho de la mañana y no tienes deseos de discutir.

Pero entonces alguien pregunta:

—¿Qué es?

Y con naturalidad respondes:

—Es un elefante.

Al mismo tiempo, la persona a tu lado dice:

—Es un hermoso paquidermo.

Y aquel tercero levanta la voz, meneando la cabeza:

—Un paquidermo sí… hermoso, no tanto.


Hasta ahora no he mencionado nada sobre los cuatro ciegos —que todos sabemos que están ahí— pero que son de otro cuento.


Uno dice que un elefante es como un poste, otro que es como una soga… y así cada uno.

Pero hasta hace apenas dos minutos, los demás se supone que veíamos un elefante.


Sin embargo, ahora tenemos al parecer: un elefante, un paquidermo, un poste, una soga, una serpiente… y una multitud de tontos enredando la conversación.


Y lo que pasa es que ustedes no lo han notado, pero ya se han agregado otros personajes:

Un elefantólogo, un paquidermólogo, un YouTuber, un influencer…

Y entre los que coinciden en que es un elefante, empiezan las teorías:


Uno dice:

—Es un elefante africano.

Otro asegura:

—Sí, pero es un elefante africano de sabana (Loxodonta africana), el animal terrestre más grande. Qué lástima que ya no enseñen esto en las escuelas…

Otro interviene:

—No, es el elefante africano de bosque (Loxodonta cyclotis)… más pequeño, de selva, colmillos más rectos… pero claro, desde que el imperialismo no sé qué…

Y otro más, ya desesperado:

—Todos están equivocados, es un elefante asiático (Elephas maximus)…

No me pregunten qué tipo de orejas tiene el ejemplar. 

No tiene importancia.


 Cada uno las ve como quiere. La realidad… deja de importar.


Después de que todos hablaron al mismo tiempo, nadie entendió nada.


Bueno… nadie, excepto yo —que sigo pensando que es un elefante.


Y aquí es donde la cosa deja de ser chistosa.

Porque el problema no es que haya muchas afirmaciones.

El problema es no saber en qué nivel se está hablando.

Uno describe.

Otro clasifica.

Otro profundiza.

Otro abstrae.

Y ninguno necesariamente está equivocado.

El problema empieza cuando esas verdades —válidas en su nivel— se usan como pretexto para dividir.


Cuando en lugar de construir sobre la verdad… se compite por imponerla.

Cuando deja de importar el elefante… y empieza a importar quién tiene la última palabra.

Y entonces llegan más:

—Es un animal.

—Animal usted, esto es una bestia.

—Yo veo tres.

—Es un ser vivo.

Y uno más, iluminado:

—Son muchísimas células.

Y otro corrige:

—¿Células? Son átomos.

Y así, a cada instante, la opinión se divide… y se divide más… y se divide mejor.


Hasta que ya no hay verdad:

hay bandos.

Y aquí está el elefante en la habitación:

 Hemos perdido el sentido común.

Nos cuesta reconocer lo evidente.

Nos incomoda decir: “esto es lo que es”.

Y peor aún:

hay quienes disfrutan dividir.

Les parece ingenioso.

Les parece brillante.

Les parece divertido.

A mí, sinceramente, me cuesta respetar al que se hace el chistoso dividiendo.

Porque no está buscando la verdad.

Está buscando protagonismo.

Y eso no es inteligencia.

Eso es ociosidad disfrazada de lucidez.

Pensar más no es el problema.

Pensar mal… sí.

No necesitamos menos inteligencia.

Necesitamos más orden.

Porque claro que el elefante es un animal.

Claro que está formado por células.

Claro que hay niveles de análisis.

Pero si no puedes empezar por decir: “es un elefante”…

todo lo demás está mal puesto.

Y aquí es donde muchos no quieren mirar:

Porque esto no es solo un problema intelectual.

Como dice San Pablo en la Epístola a los Efesios 6:

 “Nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre…”

Hay una inteligencia que divide.

Una brillantez que confunde.

Una agudeza que no construye… sino que fragmenta.

Y no viene de Dios.

Porque la verdad une.

El bien ordena.

Y la caridad construye.

Lo demás… dispersa.

Y por eso mismo, la Iglesia nunca fue solo consuelo.

También fue corrección.

Desde el primer siglo hubo herejías.

Y hubo respuesta.

Concilios.

Doctrina.

Claridad.

Porque una madre que no corrige… abandona.

Y aquí viene algo que incomoda a muchos:

Nos han enseñado a odiar la Inquisición.

A verla como símbolo de oscuridad.

Como si hubiera sido un capricho irracional.

Pero lo que casi nadie dice es que su función —bien entendida—

era precisamente poner orden donde la confusión comenzaba a dividir la verdad.

- Defender lo evidente.

- Corregir el error.

- Evitar que la mentira se disfrace de brillantez.

No se trata de negar errores históricos.

Se trata de entender la función.

Porque lo que sí es un error gravísimo…

es haber quitado la reja sin entender por qué estaba ahí.

Hoy esa función sigue existiendo —con otros nombres—

pero le hacemos el mismo caso

que al sereno de la esquina si pasara a decirnos la hora.

Y así estamos:

Sin corrección.

Sin autoridad.

Sin estructura.

Opinando… pero no aprendiendo.

Por eso no basta con “pensar”.

Hace falta volver a pensar bien.

Hace falta recuperar el amor por la verdad…

y también las herramientas para defenderla.

Hace falta volver a la claridad de la escolástica.

Al orden.

A la distinción.

A llamar a las cosas por su nombre.

Porque sin eso, todo se vuelve discutible…

y lo evidente desaparece.

Chesterton lo dijo de forma magistral:

no quites una reja hasta saber por qué está ahí.

Pero nosotros no solo quitamos la reja:

quitamos el terreno, el camino… y hasta el mapa.

Y luego discutimos si el elefante es una nube.




El elefante sigue ahí.

No se ha movido.

Lo único que cambió…

es nuestra capacidad de verlo.



Dios les bendiga, hasta la próxima.



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Mejóram

Conferencista católico 

22/Jul/2026


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miércoles, 17 de junio de 2026

La gran tontería de los más inteligentes

 LA GRAN TONTERÍA DE LOS MÁS INTELIGENTES

-El absurdo de la razón sin gracia y la sofisticación del error-


En 1987 surgió en Ciudad Nezahualcóyotl una agrupación llamada Víctimas del Dr. Cerebro. Hoy, sin darnos cuenta, hemos pasado de eso a algo peor: somos víctimas de nuestra propia inteligencia.

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Santo Tomás distingue entre la razón natural y la luz de la gracia. San Pablo, por su parte, llama hombre psíquico —también hombre viejo— a aquel que se mueve únicamente en el plano de la razón natural.

Y ese es, precisamente, el problema.

Vivimos en una época en la que abundan los inteligentes, pero escasea el discernimiento. Personas capaces en su campo, agudas, formadas… pero incapaces de acceder a un pensamiento espiritual ordenado. No porque no puedan razonar, sino porque razonan sin luz.

No basta pensar bien para pensar verdaderamente.

A pesar de dos mil años de cristianismo y de contar con los mejores medios de comunicación de la historia, apenas unos cuantos parecen percibir lo que podría llamarse, sin exageración, un apagón intelectual. No por falta de información, sino por exceso de confianza en una inteligencia que se basta a sí misma.

Y cuando la inteligencia se basta a sí misma, deja de buscar.

Es especialmente grave que esta confusión haya penetrado incluso en ámbitos donde debería haber mayor claridad. Como señalaba el sacerdote argentino Julio Menvielle:

"Hoy no se hace Teología, ni Filosofía a secas; se hace pastoral y praxis filosófica… La Teología y la Filosofía se convierten en saberes puramente humanos.

Cuando lo que debe elevar al hombre hacia Dios se rebaja al nivel del hombre, no se vuelve más accesible: se vuelve irrelevante.

El problema no es que la teología sea práctica o pastoral. Lo es. Pero cuando deja de ser, ante todo, contemplación de la verdad, pierde su sustancia." (Menvielle, La Iglesia y el mundo moderno)

Y algo similar ocurre fuera del ámbito eclesial. El ateo, confiado en su propia inteligencia natural, puede llegar a cerrarse —sin advertirlo— a cualquier posibilidad de trascendencia. No por falta de capacidad, sino por exceso de seguridad. Se siente lúcido… precisamente cuando ha dejado de ver.

Pero aún más inquietante es lo que sucede entre quienes deberían ser luz. Poco a poco, sin escándalo, se ha ido instalando la idea de que cada quien puede sostener su propio “evangelio”, incluso cuando contradice el Evangelio.

No se niega la verdad: se diluye.

No se combate el error: se justifica.

Y lo más grave: se hace con argumentos.

La sofisticación del error consiste precisamente en eso: en dejar de parecer error.

Así, prácticas y enfoques que en otro tiempo habrían sido cuestionados, hoy no sólo se toleran, sino que se explican, se defienden y finalmente se normalizan. Siempre hay expertos capaces de encontrarles una justificación aceptable. Mientras tanto, lo esencial se vuelve incómodo, exigente, y por tanto, prescindible.

El resultado es predecible: el creyente promedio, sin formación y sin interés en adquirirla, queda a la deriva entre discursos opuestos, todos aparentemente bien fundamentados.

Y entonces ocurre lo más desconcertante: pareciera que tener fundamentos deja de ser garantía de verdad.

Porque ya no basta con tener razones; ahora es necesario discernir su calidad. Y ese es precisamente el hábito que hemos perdido.

En el camino hemos olvidado algo elemental: que no todo pensamiento merece el mismo crédito. Que no toda corriente es compatible con la verdad. Que no todo lo que se puede argumentar se debe sostener.

Hemos llamado filósofos a quienes negaban la posibilidad misma de la verdad, y hoy nos sorprende vivir rodeados de ideologías que, con distintos nombres, hacen exactamente lo mismo.

El problema no es la diversidad de posturas.

Es la incapacidad de distinguir entre ellas.

Por eso no resulta extraño que tradicionalistas, progresistas y toda clase de posturas intermedias puedan presentar bibliografías, citas y argumentos que respaldan sus posiciones. El conflicto ya no está en la falta de fundamentos, sino en la ausencia de criterio para evaluarlos.

Y para quien no tiene discernimiento, todo suena convincente.

Vivimos, así, una paradoja inquietante:

nunca hubo tantos capaces de argumentar… y nunca fue tan difícil encontrar a alguien que entienda.

Presiento que gran parte de la batalla final —esa de la que habla el Apocalipsis— no se librará tanto en los acontecimientos visibles, sino en el interior de la conciencia humana.

Porque es ahí donde puede consumarse el mayor engaño:

tener razón… y estar profundamente equivocados.

El problema no es la falta de inteligencia.

Es su exceso sin orden, sin verdad y sin gracia.

Y cuando eso ocurre, el hombre no se pierde por ignorante…

sino por creerse iluminado.


Ramiro Medina 

Conferencista católico 

16-Jun-2026


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sábado, 2 de mayo de 2026

Buenismo vegetariano

 Buenismo vegetariano

De unos meses para acá he escuchado de varias personas que no comen cerdo porque en algún momento de sus vidas han visto cómo los matan y otras, por un supuesto amor a los animales.


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Detrás de esto hay algo que se nos puede estar escapando y que quisiera compartirles para hacer un mejor discernimiento si me lo permiten.

  De acuerdo con la Sagrada Escritura, antes del diluvio se entiende que el hombre llevaba una dieta vegetariana, sin embargo, después del diluvio, es decir después de la purificación, Dios mismo da la siguiente instrucción:

 "Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento; así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo". Génesis 9,3-4

En ese pasaje Dios nos da TODO como alimento excepto la sangre... más adelante les prohibirá algunos animales que se consideraban impuros, pero ya en Hechos de los apóstoles, es decir después de La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, podemos leer lo siguiente:

"Al día siguiente, mientras ellos iban de camino y se acercaban a la ciudad, subió Pedro al terrado, sobre la hora sexta, para hacer oración.

 Sintió hambre y quiso comer. Mientras se lo preparaban le sobrevino un éxtasis, y vio los cielos abiertos y que bajaba hacia la tierra una cosa así como un gran lienzo, atado por las cuatro puntas.

Dentro de él había toda suerte de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo.

Y una voz le dijo: «Levántate, Pedro, sacrifica y come.»

Pedro contestó: «De ninguna manera, Señor; jamás he comido nada profano e impuro.»

La voz le dijo por segunda vez: «Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano.»

Esto se repitió tres veces, e inmediatamente la cosa aquella fue elevada hacia el cielo." Hechos 10,9-16

En el capítulo siguiente:

"Pedro entonces se puso a explicarles punto por punto diciendo:

«Estaba yo en oración en la ciudad de Joppe y en éxtasis vi una visión: una cosa así como un lienzo, atado por las cuatro puntas, que bajaba del cielo y llegó hasta mí.

Lo miré atentamente y vi en él los cuadrúpedos de la tierra, las bestias, los reptiles, y las aves del cielo.

Oí también una voz que me decía: "Pedro, levántate, sacrifica y come."

Y respondí: "De ninguna manera, Señor; pues jamás entró en mi boca nada profano ni impuro."

Me dijo por segunda vez la voz venida del cielo: "Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano."

Esto se repitió hasta tres veces; y al fin fue retirado todo de nuevo al cielo." Hechos 11,4-10

 La primera vez que se prohibió el consumo de algunos animales fue por considerarlos impuros y no por los sentimientos que causaría a la gente la muerte del animalito. Y aquí entra una primera cuestión: matar al animal para comerlo es lo más lógico, lo aberrante sería comerlos vivos.

La siguiente objeción es que habría que preguntarnos si en esta generación en la que todo el mundo se ofende ante la posibilidad de que alguien fuera más papista que el Papa, esta misma pretenda ser más buena que Dios.

Lo digo de otra forma: ¿Dios se equivocó al darnos a los animales por alimento? 

De hecho en una de las más recientes publicaciones sobre el asunto de los vegetales y el sufrimiento animal, alguien, quizá de broma preguntó: ¿Y las plantas no sienten? 

Pues fíjese que aunque, que yo sepa, no se les ha encontrado un cerebro y por lo tanto un sistema nervioso, lo que si se sabe es que por ejemplo, cuando las jirafas comen, lo hacen en sentido contrario al viento pues aprendieron que las plantas se avisan entre si atraves del aire, haciendo que si las jirafas comieran de las plantas "avisadas" ese follaje les haría mal... entonces no sabemos si sienten pero sabemos que se protegen entre sí de ser comidas ...la pregunta es evidente: ¿También estará mal comer plantas?

Pues sí y solo sí resultara que Dios se equivocó...lo problemático con esto es que, a que no adivinan quién pensaba que Dios se podía equivocar... exacto, ese ser que luego causo la caída (y perdición) de un tercio de sus hermanos...el diablo.

No, esta tentación del veganismo es eso, tentación y no tiene nada de santa, moral ni ética....

 Además de que los vegetales, a diferencia de la carne, ninguno contiene todos los aminoácidos, ni todas las vitaminas, y sus nutrimentos inorgánicos (minerales) no son igual de biodisponibles que los de origen animal...

 Otro punto a favor de la carne es que según recuerdo no existen alergias a la carne ...

 Es verdad, que si las hormonas, que si esto y no se que, bueno, en el caso de los vegetales también habría que mencionar los pesticidas...

 Otro asunto es que para preparar el terreno donde se cultivan los vegetales hay que desalojar muchos animales e insectos, y ya que se haya sembrado hay que poner trampas para que ni los ratones, ratas, conejos o aves se coman lo sembrado y fumigar para que los insectos no dañen el producto. Al final, mueren más animalitos para plantar que para criar ganado. 

Pasando a otro asunto, es comprensible que después de tantos años de satanizar a la grasa y el colesterol, exista en el subconsciente la creencia de que ser vegetariano debe ser más saludable, pero es sólo una ilusión. He visto cada vez más personas que llevaron una dieta rica en frutas y verduras, jugos verdes, etcétera y que aún desarrollan diabetes y problemas renales. Claro, al final sabemos que la grasa no era el problema y sí la gran diferencia entre el promedio del consumo de hidratos de carbono que consumían nuestros antepasados cavernícolas y la cantidad desorbitante que se consume hoy per capita. 

 No era la grasa el problema sino las grasas de origen vegetal, los conservadores, espesantes, estabilizadores y gran cantidad de sustancias de nombres impronunciables junto con la cantidad de fructosa. 

  Lo que quiero decir, es que ni por salud, ni por ética, ni por caridad podría recomendar una dieta vegetariana o vegana. Lo que sí recomiendo es que para todas las modas o cuando, como los experimentos de RNA y la corrección política respecto al experimento, siempre, siempre hay que buscar y seguir el rastro del dinero. 

MEJÓRAM

Conferencista Católico

02-Mayo-2026

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miércoles, 22 de abril de 2026

Chimoltrufiando la fe

 “Chimoltrufiando la fe”

La Chimoltrufia fue un personaje interpretado por Florinda Meza, y una de sus frases icónicas era: "yo como digo una cosa, digo otra".

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La incoherencia no es sólo debilidad intelectual: es traición práctica a lo que decimos creer.


Hoy no he podido evitar pensar en cómo hace unos días recordábamos la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

Y nunca deja de sorprenderme cómo es posible que los mismos que habían recibido con palmas al Mesías ahora gritaban: "¡Crucificalo!"

Y sí, al parecer, como decían una cosa, decían otra.

 Y no son muy distintos de nosotros pues, fíjese en el credo, por poner un ejemplo, decimos creer en una sola iglesia que es santa, católica y apostólica y luego nos asustamos o incluso nos escandalizamos al escuchar "extra ecclesiam nulla salus"...

No como una condena simplista, sino como la afirmación de que toda salvación viene de Cristo y, por tanto, de su Cuerpo. Que la Salvación consiste precisamente en ser parte de ese Cuerpo.

Podemos repetir que la iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo y al mismo tiempo victimizarnos porque una cabeza sólo puede tener un sólo cuerpo.

Sí, es así, si la Iglesia es el cuerpo y la cabeza es Cristo sólo puede ser un cuerpo y una Cabeza.

¿Será que algunos imaginan que en el Cielo o incluso que el Cielo es un lugar donde estará la iglesia y el que no estuvo en la iglesia estará o podría estar en el cielo como espectador?

 No señores, el Cielo es ser parte del Cuerpo de Cristo.

Pero bueno, como decimos una cosa, decimos otra.

Y es que, no sé a ustedes, pero a mí me resulta alarmante la ausencia de reflexión y por lo tanto de coherencia por las consecuencias lógicas de actuar y "pensar" (si se le puede llamar así) sin lógica.

Por poner otro ejemplo:

Nuestro Señor Jesucristo vino, enseñó la verdad y esto le costó pasar por la masacre de la flagelación y luego por la crucifixión, se sabe que la mayoría de las imágenes que vemos de la cruz no tienen ni el 10% de los golpes que recibió, lo dice Isaías:

"Así como se asombraron de él muchos - pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana -" Is 52,14

Hoy nosotros intentaríamos decirle cosas como: -No todo es blanco y negro... -Esa es tu verdad o No puedes imponer tu verdad... -Hay que tolerar... -Todas las opiniones son válidas y hay que respetarlas...

Incluso puedo decir sin temor a equivocarme que hoy por hoy elegiríamos crucificarle con nuestras propias manos antes que permitirle al mismísimo Dios incomodar tantito al progre...

Nuestro nivel de discernimiento es tan pobre que no podemos percatarnos que si da igual cualquier dios en realidad es que no creemos en Dios. Si nos da igual cualquier religión entonces no creemos en Dios ni en la religión...

Por ponerlo todavía más claro: confesamos que Cristo es Señor, pero vivimos como si fuera opcional; pedimos perdón, pero no dejamos el pecado; hablamos de verdad, pero negociamos con la mentira cuando nos conviene.

Y es que no podemos discernir bien si nuestra formación es tan deficiente que olvidamos o ignoramos lo que Nuestro Señor Jesusito entonces le había respondido a Simón Pedro y nos responde hoy a los Chimoltrufios de la fe:

"Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!" Mt 16,23

O creemos y vivimos en consecuencia, o seguimos aplaudiendo el domingo para gritar “crucifícalo” el lunes.

MEJÓRAM

Conferencista Católico

20-Abril-2026


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miércoles, 11 de marzo de 2026

La caída del hombre, la ventana rota y el intento de justificación de las ideologías

 La caída del hombre, la ventana rota y el intento de justificación de las ideologías


Comencemos por algo sencillo.


Las ideologías son pretensiones.


Pretensiones de universalidad.

Pretensiones de verdad.

Pretensiones de justicia.


Pero, en realidad, suelen ser algo mucho más modesto:

intereses particulares disfrazados de verdades universales.


Intereses de clase.

Intereses de grupo.

Intereses de poder.


El diccionario define pretensión como una aspiración ambiciosa o desmedida.


Es decir: empezamos mal.


Porque cuando una idea nace como pretensión, lo siguiente que necesita es una justificación.


Y después de la justificación viene algo inevitable:


la manipulación.


Por eso es importante entender desde el principio la ingenuidad —por no decir la temeridad— de suscribirse a una ideología.


Entre las muchas pretensiones que circulan hoy, hay una que se repite con insistencia casi litúrgica:


la idea de que el sufrimiento es exclusivo de un sexo.


Esta creencia solo puede surgir de tres lugares posibles:


de una profunda ignorancia,

de un profundo ateísmo,

o de una profunda malicia.


Y a veces —lo cual es peor— de la combinación de los tres.


¿Por qué?


Porque cualquiera que conozca mínimamente la tradición cristiana sabe que el sufrimiento no es un fenómeno ideológico, sino una consecuencia del pecado.


Cuando nuestros primeros padres decidieron desobedecer a Dios, el sufrimiento entró en la historia humana.


No entró en la historia de los hombres.

No entró en la historia de las mujeres.


Entró en la historia de la humanidad.


En el Génesis, Dios le dice a Adán que su alimento le costará el sudor de su frente.


Y a Eva le dice que dará a luz con dolor.


Pero sería una lectura infantil creer que esas son las únicas consecuencias del pecado.


La realidad es mucho más amplia.


La vida es dura para todos.


A todos nos afectan las decisiones de los poderosos:


los precios,

los impuestos,

las leyes,

y peor todavía, la manipulación mediática.


Es cierto que hay personas cuya capacidad de análisis se reduce a una sola neurona funcional: la que les impide beber agua del excusado.


Pero los demás —con un poco de esfuerzo— quizá podamos entender lo que está ocurriendo.


Cuando los poderosos decidieron que los votos de los hombres no eran suficientes para su corrupción, encontraron una solución sorprendentemente sencilla:


multiplicar votantes.


Así apareció un nuevo derecho.


El derecho al voto femenino.


Pero aquí surge una pregunta incómoda.


Si el voto es algo serio, ¿por qué puede ejercerlo cualquiera?


¿Por qué no votan únicamente quienes saben de economía?

¿Quienes entienden de política?

¿Quienes comprenden las relaciones internacionales?


La respuesta es bastante simple.


Porque el sistema no necesita votantes informados.


Necesita votantes numerosos.


Y, si es posible, emocionales.


Más tarde, cuando los impuestos que pagaban los hombres ya no eran suficientes, apareció otra idea brillante.


Convencer a las mujeres de que también tenían derecho a pagar impuestos.


Naturalmente, nadie presentó la propuesta de esa manera.


Nadie organiza una revolución diciendo:


“Señoras, venimos a cobrarles”.


Había que presentarlo como una conquista.


Después vino otro paso lógico.


Cuando los poderosos decidieron que querían educar a nuestros hijos, bastó con convencer a las mujeres de que estar en casa estaba mal.


Que criar hijos era opresión.

Que educarlos era una pérdida de talento.

Que la verdadera libertad consistía en trabajar fuera del hogar.


Y así, con un solo movimiento ideológico, lograron tres cosas al mismo tiempo:


dos contribuyentes en lugar de uno,

más consumidores,

y niños educados por el Estado.


Un negocio perfecto.


Pero la historia no termina ahí.


Cuando los poderosos decidieron que comprábamos muy poco, apareció otra narrativa conveniente.


Había que convencernos de que era mejor tener pocos hijos.


O mejor aún: que cada individuo decidiera libremente sobre su propio cuerpo.


Una consigna aparentemente noble.


Pero curiosamente silenciosa respecto a algo muy importante.


Sobre nuestras carteras…

sobre nuestros impuestos…

sobre nuestra capacidad económica…


eso ya lo habían decidido ellos.


Y cuando los poderosos comprendieron que ya habían dado demasiadas pistas, entendieron que faltaba una última pieza para asegurar el control:


dividirnos con ideologías.


Nada divide más rápido que una ideología.


Porque una ideología no es solo una idea.


Es una idea que convierte al que no piensa como tú en enemigo.


El hombre que quiso ser como Dios, el hombre que quiso tener conocimiento del bien y del mal, termina cayendo en una paradoja curiosa:


cree que entiende el mundo…

y termina atrapado en una ideología.


El tema del sufrimiento femenino se ha convertido en una falacia ad nauseam.


Se repite en todo momento.

En todo lugar.

En cualquier ámbito.


Como si el sufrimiento fuera un monopolio femenino.


Incluso dentro de la Iglesia, algunos sacerdotes y obispos se han tragado el relato completo.


Pareciera que hemos perdido el respeto por las estadísticas.


A menos, claro, que se usen para manipular.


Porque cuando se revisan los datos con calma, el relato empieza a desmoronarse.


Cada intento de victimizar a la mujer termina dejándola mal parada.


Porque si las mujeres necesitan privilegios…


¿significa que son inferiores al varón?


Dicen que somos iguales.


Pero exigen privilegios.


Eso no es igualdad.


Eso es un absurdo.


Si hay que normalizar algo…


es porque evidentemente no es normal.


Pero la palabra “normal” solo molesta cuando aparece la biología.


Entonces la ideología pregunta:


“¿Qué es normal?”


Como si la normalidad fuera una enfermedad.


Las estadísticas muestran algo incómodo.


La ausencia del padre está profundamente relacionada con la delincuencia.


Y sin embargo vivimos en una cultura donde odiar al varón se ha vuelto casi una moda.


Pero muchas veces ese odio tiene una explicación más simple.


Ausencia paterna.


Odian al varón porque el padre no estuvo.


Odian al varón porque el que les gustaba las rechazó.


Porque el novio las engañó.


Porque el despecho también produce ideologías.


Hoy existen grupos de mujeres que se describen como empoderadas, independientes, autosuficientes.


Virtudes admirables.


El problema aparece cuando esas palabras se convierten en sinónimo de insoportable.


Y entonces aparece una explicación conveniente para el rechazo masculino.


“Los hombres tienen miedo”.


Pero no.


No es miedo.


Es simplemente sentido común.


Nadie está obligado a soportar a alguien insoportable.


En muchos países no existe un solo derecho que las mujeres no tengan.


En algunos lugares incluso tienen más.


Y aun así el discurso de la víctima continúa.


En las marchas feministas muchas veces ocurre algo curioso.


Si preguntas por qué marchan, dirán:


“Por los derechos de las mujeres”.


Si preguntas cuáles…


aparecen tres respuestas automáticas:


el derecho al voto,

el derecho a decidir sobre el propio cuerpo,

y el derecho a cobrar lo mismo.


Es decir:


derechos que ya existen,

derechos mal entendidos,

o derechos basados en mitos.


¿Entonces qué está pasando realmente?


Aquí aparece algo interesante de la criminología.


La teoría de las ventanas rotas.


Cuando un entorno parece abandonado, el desorden crece.


La idea proviene de un experimento del psicólogo Philip Zimbardo.


Dos coches idénticos.


Uno en el Bronx.


Otro en Palo Alto.


El del Bronx fue saqueado rápidamente.


El de Palo Alto permaneció intacto… hasta que alguien rompió la primera ventana.


Entonces ocurrió lo inesperado.


Los respetables vecinos de Palo Alto hicieron exactamente lo mismo que los delincuentes del Bronx.


La conclusión era clara.


La ventana rota legitima el desorden.


Y muchas marchas ideológicas funcionan exactamente así:


como ventanas rotas sociales.


También existe otro fenómeno psicológico interesante.


La disonancia cognitiva.


En pocas palabras:


si no vives como piensas…


terminarás pensando como vives.


Si las mujeres realmente tuvieran todas las desventajas…


probablemente ya se habrían extinguido.


Pero las estadísticas muestran otra cosa.


En suicidio.

En pobreza.

En abandono escolar.

En situación de calle.


Los varones suelen estar peor.


¿Por qué los varones no marchan?


Porque no lo necesitan.


Los varones saben algo que la ideología intenta ocultar.


A las mujeres, a los niños y a las mascotas se les quiere por default.


Al hombre se le quiere si sostiene.


Y hoy también se intenta convencer al varón de que deje de sostener.


Que no provea.


Que no resista.


Que se feminice.


Pero la realidad tampoco está confirmando ese experimento.


Ahora bien, hay otro punto que casi nunca se menciona.


Si las mujeres realmente estuvieran libres de ideologías, probablemente ocurriría algo bastante simple.


Muchas elegirían lo que durante siglos eligieron de manera natural:


cuidar de su hogar y de sus hijos.


No por imposición.


Sino porque la maternidad y el cuidado forman parte de su naturaleza.


Pero una ideología necesita conflictos permanentes.


Primero convence a la mujer de que quedarse en casa está mal.


Luego la empuja al mercado laboral.


Y finalmente construye un nuevo discurso donde la mujer aparece como víctima por no poder trabajar fuera de casa.


Primero se crea el conflicto.


Y luego se vende la solución.


Sin embargo, incluso aquí la realidad es más compleja.


Hay muchas mujeres que no han perdido el sentido común.


Mujeres que no compran el discurso feminista.


Mujeres que conservan la cordura suficiente para darse cuenta de que algo no encaja.


El feminismo suele presentarse como si hablara en nombre de todas las mujeres.


Pero eso simplemente no es verdad.


Hay muchísimas mujeres que no están de acuerdo.


Lo lamentable es que incluso entre quienes critican el feminismo todavía circula una idea curiosa:


la idea de que hubo un feminismo bueno.


Un feminismo noble.


Un feminismo puro.


Pero esa idea también es un mito.


El feminismo nunca ha sido simplemente una lucha por derechos.


Siempre ha sido una ideología.


Y como toda ideología, siempre ha servido para algo más que lo que decía defender.


Los poderosos lo saben muy bien.


Si quieren manipular a ciertas mujeres, les ofrecen una ideología de emancipación.


Y si quieren manipular a ciertos hombres, les ofrecen una ideología de intelectualidad.


A unas les ofrecen feminismo.


A otros les ofrecen socialismo, comunismo o marxismo.


El mecanismo es exactamente el mismo.


Solo cambia el envoltorio.


Por eso, quizá la actitud más sensata frente a las ideologías sea una muy simple:


desconfiar de todas.


Porque cuando el hombre intenta reemplazar la verdad con una ideología…


termina haciendo exactamente lo mismo que hizo en el Edén.


Querer ser como Dios.


Y ese experimento ya sabemos cómo terminó.


Por eso, tal vez convendría hacer algo mucho más sencillo.


Leer la Biblia.


Invocar al Espíritu Santo.


Y recordar tres cosas muy simples.


Primera.

Una ideología siempre promete justicia… pero casi siempre termina sirviendo al poder.


Segunda.

Cuando una idea necesita censurar la realidad para sobrevivir, no es verdad: es propaganda.


Tercera.

La verdad no necesita ideologías para sostenerse.


Solo necesita que alguien tenga el valor de decirla.



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domingo, 20 de julio de 2025

Gracias Totales

 Gracias Totales 

  Hoy apagaré el faro. Agradezco a todos y cada uno de ustedes que se tomaron la molestia de leer y comentar. Voy a conservar unos días las entradas por si quisieran recuperar algo y luego las quitaré del blog. 


Dios les bendiga. 

jueves, 17 de julio de 2025

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miércoles, 16 de julio de 2025

ESTULTICIA Y MALOS HÁBITOS

 ESTULTICIA Y MALOS HÁBITOS

 Estulticia. nombre femenino. Necedad, tontería.

 Acabo de ver un video, que dice que somos la primera generación menos inteligente y la otra persona responde que ya van dos generaciones. La disminución de la inteligencia coincide con la aparición de las redes sociales y  la falta de socialización. 

  La neurociencia ha descubierto un tipo de neurona, que se activa cuándo estamos aproximadamente a 3 metros o menos de una persona y no se activan cuando la interacción es por redes sociales. Las consecuencias no son únicamente una disminución de la inteligencia, sino también un obstáculo para una buena comunicación. 

  Por otra parte, es importante señalar que la tecnología avanza a una velocidad que parece exceder nuestra capacidad de adaptación. 

  En Estados Unidos ya se ha comprobado que el uso de inteligencias artificiales afecta el desarrollo del cerebro y parece que nadie pudo preverlo. 

  Por supuesto que ir perdiendo inteligencia es lamentable, también lo sería no tomar medidas al respecto. Sin embargo vale la pena recordar a Yoko Kenji y quién no lo conozca, vale la pena conocerlo. Yoko, mitad japonés y mitad peruano, habla en una de sus tantas charlas acerca de que la disciplina vencerá a la inteligencia. De modo que ver la disciplina como otro tipo de inteligencia es un tipo de la misma que nos estamos perdiendo. 

  No pretendo hacer un juego de palabras, como es mi sana costumbre,  sino resaltar algo que resulta evidente para mí, aunque sospecho que lamentablemente para muy pocos más. 

  Hace algunos años, pasé mucho  tiempo sin computadora, por lo que me acostumbré a escribir, leer, ver videos y crear contenido para mis redes en mi teléfono de modo que podría parecer hipócrita que hablara en contra del mismo y de las redes sociales. Así que, sin ánimos de defenderme, este escrito pretendo hacer una distinción en la forma en que lo uso de la que se usa normalmente. 

  Desde mi teléfono,  aunque ya tengo computadora, accedo a artículos católicos, también me gusta leer libros , revistas y artículos científicos o bien, ver videos  sobre nutrición, neurociencias, psicología, antropología filosófica, motivación, desarrollo humano, música y un larguísimo etcétera.

  Dedico bastante tiempo a reflexionar sobre lo que leo y la realidad que nos toca vivir. Me hago preguntas acerca de cómo compartir lo que voy aprendiendo con los demás y esto, porque me preocupo por todos, también por recomendación de un sacerdote que conocía mi afición por la lectura, comencé a escribir. Ya escribía, poco y probablemente mal, pero su consejo me animó a hacerlo con más frecuencia. 

 Tratar de digerir la información que recibo para transmitirla de una manera más comprensible para todos implicaba también una autoevaluación para mí, de modo que escribir se ha vuelto parte de los intereses que ocupan mi día a día. 

  Soy plenamente consciente de que nadie es profeta en su tierra, sin embargo este video que acabo de ver, diciendo que somos la primera generación menos inteligente es algo que no me deja indiferente, sino por el contrario aumenta en mí un sentido de urgencia. 

  Hace algunos años lancé una pregunta en Facebook: "¿Cuál es la responsabilidad más importante que tenemos los padres? Me parece que regresárselos a Dios. Esto es, procurarles una buena evangelización, una buena formación cristiana auténticamente católica. Darles buen testimonio y transmitirles un fuerte anhelo de ir al cielo y para esto, unas ganas enormes de ser Santos. 

 Ahora, gracias en parte a que hace unos días di una charla sobre el amor de Dios he pensado en esta pregunta: ¿Que desea un padre para sus hijos? 

 No sé si todos, pero yo siempre he deseado y tengo la impresión de que la mayoría piensa como yo, los padres deseamos que nuestros hijos sean felices y sean muy pero muy fregones en lo que hagan. Queremos que sean los mejores médicos, abogados, lo que sea , sea cual sea su vocación, no nos da igual que sean del montón. 

  Para mí, esta respuesta incluye por supuesto la santidad, la práctica de la perfección cristiana. 

  Como decía anteriormente, creo que este deseo no es exclusivo de mí, sino que incluso no es solo el deseo de los padres, sino también de los abuelos y de algunos tíos. 

  Quizá, por el llamado que Dios me ha hecho, para mí esta respuesta incluso abarca a toda la humanidad. Es por esto que me resulta profundamente doloroso ver a la gente pasar y pasar y pasar reels o videos uno tras otro, de bailecitos, bromas, chistes, críticas de cine, etcétera y ojo, yo no digo que no los vea, los videos graciosos los veo y los comparto. Pero la mayor parte de mi tiempo cuando veo videos son sobre los temas que mencioné anteriormente. El algoritmo me permite que ya sea que entre a Facebook, instagram o tik tok, me aparezcan videos de esas temáticas. 

   ¿Y por qué veo videos? Porque algunos citan estudios o libros, que luego buscaré en Google para leer. 

 No voy a ser hipócrita diciendo que no los veo, pero los veo con propósito y más aún tengo la capacidad de que si alguna persona intenta interactuar conmigo, poner el video en pausa, asentar el teléfono y prestar atención. 

 Este escrito, que pocos leerán, el video diciendo que somos la primera generación menos inteligente y los episodios que en otros escritos he citado de Los Simpson y Dinosaurios, burlándose de nosotros, diciéndonos en la cara que la televisión nos hace menos inteligentes lamentablemente ningún cambio ocasionarán en la sociedad. Es decir, que la estulticia y malos hábitos, perdurarán con nuestra complicidad, lo cual también podría ser un síntoma de lo poco inteligentes que somos. 

¿Harás algo al respecto?

MEJÓRAM

Conferencista católico 

15/07/25

Si quieres ver la charla de Yoko da click en la imagen: 


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Lo escribo con oración, esfuerzo… y bastante café.

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