ANTES DE RESPONDER, ESCUCHA
La extraña virtud de callar para poder entender
«El que responde antes de escuchar, cosecha necedad y vergüenza.»
Prov 18,13
Hoy escribo esto como un recordatorio para mí mismo, una nota mental —larga, pero nota— para que no se me olvide algo que es vital para ser un buen evangelizador. La comparto por si a alguien más puede servirle, porque sé que la mayoría se identificará.
Es evidente que para ser un buen evangelizador es importante contar con una buena formación, una intensa vida de oración y frecuentar los Sacramentos, pues así es como se conoce al Señor. Sin eso, a lo más que alguien puede aspirar es a ser un voceador, como aquellos que existían antes de los blogs y de X —antes Twitter—, que gritaban en las esquinas:
«¡Extra, extra! ¡La gasolina subió a $2!»
(Sí, hace tanto tiempo).
Escuchar es tan importante, que cuando le preguntan a Nuestro Señor Jesucristo cuál es el mandamiento más importante (Marcos 12,29) él responde citando Deuteronomio 6,4:
«Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor.»
El mandamiento no es que el Señor es el único Señor, eso es un hecho, el mandamiento es: "Escucha".
¿Por qué tenemos dos orejas y solo una boca?
Para escuchar el doble de lo que hablamos.
Por favor, para la casa: cien planas.
Recuerdo que de niño prácticamente cualquier cosa era una falta de respeto. Había, francamente, cosas que me parecían absurdas, pero había una que escuchaba más seguido:
«No interrumpas a alguien que está hablando».
Me costaba mucho entenderla, porque a mí todo el mundo me interrumpe desde entonces.
Y, desde entonces, es una falta de respeto, según esa zona de nuestra psique que llamaban padre.
No fui consciente del momento en el que se normalizó la falta de respeto en la televisión, en la radio y en las conversaciones cotidianas.
Y nos faltamos al respeto de muchísimas formas: ya cualquiera estornuda sin taparse la boca, eructa y además sin disculparse, somos impuntuales, etcétera.
No me detendré en todas estas faltas de respeto e incluso no trataré, en el presente texto, el tema como una falta de respeto, sino como un área de oportunidad.
Primero hagamos una distinción:
Oír es recibir sonidos.
Escuchar supone prestar atención.
Escuchar es tan importante como la formación y la intensa vida de oración, porque si uno no escucha, tampoco puede exigir ser escuchado.
Así que, aquí van algunos consejos para escuchar mejor:
— DEJA QUE EL OTRO TERMINE
Parece elemental, pero en la práctica no lo parece tanto.
Cuando interrumpes, no solamente impides que el otro termine de hablar; también impides que termine de pensar.
«Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse.»
Santiago 1,19
— NO CONVIERTAS CADA CONFIDENCIA EN UN CONSEJO
Alguien puede estar contándote un problema y tú, inmediatamente:
«Lo que tienes que hacer es...»
Pero quizá no te pidió una solución.
Quizá necesitaba primero ser comprendido.
John Gray, en Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus, explica algo que probablemente la mayoría ignoramos.
Dice que los hombres no platicamos nuestros problemas con cualquier persona, sino únicamente con aquella que consideramos más competente en el área que nos interese para resolver determinado problema.
Sucede que las mujeres necesitan platicar sus problemas, pero no están buscando una solución. Simplemente quieren contar y ya.
Sin embargo, casi todos cometemos el mismo error cuando alguien nos platica algo: no escuchamos, nos adelantamos, completamos lo que creemos que el otro iba a decir y...
¡Zas!
La solución.
Aquí podemos establecer una distinción:
Escuchar no significa aprobar; escuchar significa comprender antes de juzgar.
— PREGUNTA ANTES DE SUPONER
Cuando no entendemos algo, nuestra imaginación suele completar los huecos.
Y normalmente los completa con lo que nosotros creemos que el otro quiso decir.
Una buena pregunta puede evitar una enorme cantidad de conflictos:
«¿Lo que quieres decir es...?»
«No sé si estamos entendiendo lo mismo...»
— ESCUCHA TAMBIÉN LO QUE NO SE DICE
Una persona puede decir:
«Estoy bien».
Y estar evidentemente mal.
El buen oyente no se limita al contenido verbal: observa el tono, el silencio, la expresión, las pausas.
Pero cuidado: observar no significa adivinar.
— NO ESCUCHES PARA GANAR
Hay conversaciones en las que uno no está intentando comprender al otro, sino que está intentando encontrar el punto débil de su argumento.
Eso no es escucha; es preparación para el combate.
San Benito ofrece una idea sorprendentemente moderna: quien tiene responsabilidad debe escuchar incluso el consejo de los hermanos, porque muchas veces el Señor puede revelar al más joven lo que es mejor.
Benedicto XVI destacó precisamente este aspecto al hablar de San Benito: quien tiene responsabilidad debe saber escuchar y aprender de lo que escucha.
Esto da una magnífica regla:
Escuchar significa admitir la posibilidad de que el otro tenga algo que yo necesito saber.
Hay aquí una secuencia casi pedagógica:
Escucha → piensa → responde.
— ESCUCHA CON EL «OÍDO DEL CORAZÓN»
Escuchar bien no consiste en apagar la inteligencia para sentir con el otro; consiste en utilizar la inteligencia para comprender mejor a la persona que tienes delante.
— ESCUCHA PARA PODER ACTUAR
«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace.»
Stgo 1,22-25
Escuchar sin actuar puede convertirse en otra forma de no escuchar.
EN RESUMEN
¿Por qué escuchamos tan mal?
Porque mientras el otro habla: estamos preparando nuestra respuesta;estamos juzgando;estamos comparando;estamos recordando una experiencia propia;estamos buscando una solución;estamos esperando nuestro turno;o estamos pensando en cómo demostrar que tenemos razón.
Imagina que alguien quiere servirte agua, pero tú tienes el vaso lleno hasta el borde.
Puede seguir sirviendo todo lo que quiera.
No cabe una gota más.
Algo parecido ocurre cuando escuchamos con la cabeza llena de respuestas:
«Ya sé lo que quiere decir».
«Eso ya me lo sé».
«Está equivocado».
«Yo pasé por algo peor».
«Lo que necesita es...»
El problema no es que nos falten oídos.
Es que no dejamos espacio para que entre nada.
Por eso San Benito enseñaba a inclinar el oído del corazón.
Y para inclinarlo hay que dejar de tenerlo ocupado con uno mismo.
No basta con tener oídos disponibles; hace falta tener el corazón disponible.
Cuando estudiaba uno de los diplomados en Teología, hubo una idea que me costó entender y aceptar, pero que creo importantísimo tener siempre en cuenta, tanto para escuchar mejor como para evitar ponerse en una situación de desventaja en una discusión o debate:
Creer o decir que «algo es tan sencillo como...» muchas veces es evidencia de que no se comprende bien la realidad.
Y, por otro lado, puede ser el inicio de una nueva ideología, ya que una ideología es precisamente la pretensión de que «una sola idea» es la causa o la solución de todos los males.
Creer que un tema se resume a algo tan simple como —inserte aquí la idea que sea— es una forma brevísima de cerrarse al diálogo.
Y el que se cierra al diálogo no merece tampoco ser escuchado.
Cuando proponía debates a mis alumnos, había uno que cerraba cualquier posibilidad con alguna frase del estilo que mencioné.
Escuchar bien, como dije al inicio, es vital para ser un buen evangelizador, pero es mucho más que eso cuando eres consejero, sacerdote o padre de familia.
Cuántas adolescencias hubieran sido —y serían— menos tormentosas si hubiera padres de familia que supieran escuchar.
Cuántas personas se acercarían más a la Iglesia si en la confesión se les escuchara mejor.
Cuántas conversiones habría si los que evangelizamos supiéramos escuchar y responder bien, conforme a una buena escucha, en lugar de airarnos porque alguien «atentó» contra nuestra fe.
¿Saben por qué tenemos dos oídos y una sola boca?
¿Conocen este libro?
Cómo hablar para que los hijos escuchen y cómo escuchar para que los hijos hablen, de Adele Faber y Elaine Mazlish.
¿Qué tanto tendrá que ver que ahora podamos ver o escuchar videos en 1.5x o 2x con que hayamos olvidado que interrumpir al que habla es una falta de respeto?
Les leo en los comentarios.
Ramiro Medina (Mejóram)
Conferencista católico.
Hoy podrías ser parte de un milagro de la Providencia invitándome a un café o un refresco o una pizza o lo que gustes:
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