LA INDUSTRIA DEL ENEMIGO
Lo que a continuación van a escuchar es el manual perfecto para odiar al enemigo correcto. (#sarcasmo)
Porque, seamos sinceros: no basta con odiar. Hay que saber a quién odiar. Hay que saber por qué odiarlo. Hay que conocer incluso el vocabulario correcto para explicar nuestro odio.
Y, sobre todo, hay que asegurarnos de que estamos odiando a la persona ideológicamente correcta.
Vivimos en una época que habla constantemente de amor, paz, inclusión, tolerancia, diversidad y libertad.
Y, sin embargo, basta mirar las redes sociales para descubrir una curiosa paradoja:
Parece que cada vez hay más gente que sabe perfectamente a quién hay que odiar.
Unos odian al capitalismo.
Otros al comunismo.
Unos odian a Trump.
Otros a los trumpistas.
Unos odian a los gringos.
Otros a los progresistas.
Unos odian a las transnacionales.
Otros al patriarcado.
Y casi todos tienen perfectamente identificado al culpable.
Entonces me pregunto:
¿Qué clase de pacifismo necesita un enemigo permanente para mantenerse en pie?
CUANDO UNA IDEA PRETENDE EXPLICARLO TODO
El problema comienza cuando una idea deja de ser una herramienta para comprender la realidad y pretende convertirse en la explicación de toda la realidad.
La libertad es un bien.
La igualdad es un bien.
La justicia es un bien.
La paz es un bien.
El progreso puede traer bienes.
La tradición puede conservar bienes.
Pero ninguna de esas cosas explica por sí sola todo lo que ocurre.
Porque cuando una idea pretende explicarlo todo sucede algo peligroso: la realidad deja de corregir nuestras ideas y nuestras ideas empiezan a corregir la realidad.
Ya sabemos quién es culpable antes de investigar.
Ya sabemos quién es víctima antes de escuchar.
Ya sabemos quién tiene razón antes de conocer los hechos.
La justicia pregunta qué ocurrió.
La inteligencia pregunta por qué ocurrió.
La ideología pregunta quién tiene la culpa.
Y muchas veces responde antes de investigar.
Por eso quiero conservar algo que considero fundamental:
la libertad de reconocer la verdad aunque no favorezca a los míos.
Porque puedo encontrar una verdad en alguien con quien discrepo.
Puedo descubrir un error en alguien que admiro.
Puedo estar de acuerdo con una decisión de alguien que considero equivocado.
Y puedo criticar una decisión de alguien que normalmente apoyo.
Sin cambiarme de camiseta.
Porque:
Si sólo puedo reconocer la verdad cuando favorece a los míos, no estoy buscando la verdad: estoy buscando confirmación.
CUANDO TAMBIÉN QUIEREN ADMINISTRAR NUESTROS AFECTOS
Pero una ideología puede ir todavía más lejos.
No se conforma con decirte qué pensar.
También puede terminar diciéndote a quién admirar, a quién despreciar, de quién desconfiar, a quién defender y a quién cancelar.
Es decir: pretende organizar tus afectos.
Y aquí aparece una frase que me gusta mucho de una canción del grupo La ley:
“No intenten enseñarme quién me quiso y a quién debo amar”.
Porque una cosa es enseñarme que existe el bien y el mal.
Y otra muy distinta es entregarme una lista de personas que debo amar y otra de personas que debo despreciar.
Porque entonces ya no solamente están intentando gobernar mi inteligencia.
Están intentando gobernar mi corazón.
EL NUEVO CÓDIGO DE LIBERTAD
Y esto llega incluso a cosas que parecen insignificantes.
Cómo vestir.
Qué palabras utilizar.
Qué símbolos llevar.
Qué expresiones culturales podemos adoptar.
Nos dicen:
“Sé libre. Sé tú mismo”.
Pero inmediatamente aparecen nuevas categorías:
apropiación cultural,
lenguaje problemático,
conducta problemática,
elecciones problemáticas.
Y entonces descubro que soy libre... siempre que sepa previamente cuáles son las opciones "moralmente" (según ) aceptables.
No digo que toda crítica cultural sea absurda.
Digo algo más sencillo:
¿En qué momento la libertad dejó de significar poder elegir y comenzó a significar elegir correctamente según el nuevo código moral?
Porque:
La ideología puede hacer que el individuo renuncie voluntariamente a su libertad para demostrar que es libre.
LA DOBLE VARA
Y cuando una ideología empieza a organizar nuestros afectos, también empieza a afectar nuestra manera de juzgar.
Hablemos por ejemplo de Trump.
Puedo pensar que Donald Trump es vulgar, impredecible, egocéntrico o políticamente equivocado.
Perfectamente.
Ésa, por cierto, es mi respetabilísima opinión científica: (broma)
Trump está medio loco. 😂
Pero una cosa es decir:
“No estoy de acuerdo con esta decisión de Trump”.
Y otra muy distinta:
“Trump es malo; por tanto, todo lo que haga está mal”.
Lo primero juzga un acto.
Lo segundo juzga una identidad.
La justicia pregunta qué hizo.
La ideología pregunta quién lo hizo.
Y aquí aparece una paradoja todavía más interesante cuando hablamos de soberanía.
Venezuela habla de soberanía.
Cuba habla de soberanía.
Nicaragua habla de soberanía.
Y México tampoco se queda atrás.
Pero podemos hacer una pregunta incómoda:
¿De qué sirve proclamar la soberanía mientras el crimen organizado controla territorios, intimida comunidades, corrompe instituciones y disputa al Estado el monopolio de la fuerza?
Porque una nación puede perder soberanía frente a una potencia extranjera.
Pero también puede perderla desde dentro.
Y entonces ocurre algo aparentemente absurdo.
Algunas personas que normalmente rechazarían cualquier intervención de Estados Unidos pueden terminar viéndola con esperanza.
No porque de repente amen a los estadounidenses.
No porque hayan convertido a Trump en su salvador.
Sino porque sienten que el enemigo que amenaza su libertad ya está dentro.
Entonces la pregunta deja de ser:
“¿Te gusta Trump?”
Y pasa a ser:
“¿Qué está ocurriendo realmente?”
No necesito convertir a Trump en un héroe para reconocer que puede hacer algo correcto.
Puedo criticarlo mañana por una decisión equivocada y reconocer hoy una decisión acertada.
Puedo considerar que está medio loco y, al mismo tiempo, agradecer que tenga la determinación que otros no tienen.
No tengo que defender a Trump para reconocer una verdad.
Y tampoco tengo que odiarlo para demostrar que soy una persona decente.
Porque si la realidad contradice mi ideología... el problema puede estar en mi ideología.
INCLUSO CUANDO HABLAMOS DE AMOR
Hay algo particularmente curioso en una cultura que ha convertido el amor en uno de sus grandes lemas.
“Love is love”.
“No hate”.
“Be kind”.
Magnífico.
Pero la verdadera prueba del amor aparece cuando tengo delante a alguien que considero profundamente equivocado.
Porque amar al que piensa como yo no es demasiado difícil.
El desafío comienza cuando el otro piensa distinto.
Puedo combatir una idea sin odiar a quien la sostiene.
Puedo denunciar una injusticia sin desear el mal del injusto.
Puedo considerar que alguien está profundamente equivocado sin dejar de reconocer su dignidad.
Porque:
No se combate la discriminación creando un discriminado políticamente conveniente.
Y si proclamamos que no debemos odiar, no podemos convertir el odio hacia determinadas personas en una virtud socialmente aceptable.
Porque entonces ocurre una paradoja:
El discurso que comenzó diciendo “no debemos dividir” necesita fabricar una división para poder existir.
Y MIENTRAS TANTO, LA CULTURA DE LA MUERTE...
Y sí, mientras discutimos quién es el enemigo correcto en las redes sociales, hay algo mucho más serio ocurriendo.
Una cultura puede comenzar a considerar que determinadas vidas son eliminables.
El niño antes de nacer.
El enfermo.
El anciano.
El discapacitado.
La persona cuya vida se considera una carga.
Y aparecen, con diferentes justificaciones, el aborto, la eutanasia, el suicidio asistido y determinadas formas de eugenesia.
Podemos discutir cada fenómeno por separado.
Pero hay una pregunta que los atraviesa:
¿Qué sucede cuando la dignidad humana deja de ser inherente y comienza a depender de determinadas condiciones?
Porque alguien tendrá que decidir quién cumple esas condiciones.
Y entonces una sociedad que pretendía liberar al hombre puede terminar decidiendo qué hombres merecen seguir viviendo.
Eso sí me preocupa mucho más que una guerra de hashtags.
LOS PUEBLOS ORIGINARIOS Y LAS CONTRADICCIONES
También me resulta curioso escuchar constantemente que debemos proteger a los pueblos originarios, preservar sus culturas y defender sus derechos.
Y, al mismo tiempo, promover políticas que, desde una perspectiva provida, resultan difíciles de conciliar con la protección de la continuidad de esas mismas comunidades.
Me surge una pregunta:
¿Cómo puede una política presentarse como protectora de una comunidad y considerar un bien la eliminación deliberada de vidas pertenecientes a esa misma comunidad?
Y hay otra ironía histórica que me resulta particularmente curiosa.
Nos pasamos el día denunciando la herencia española...
en español.
No digo que todo lo que hicieron los españoles haya sido bueno.
Seguramente hubo abusos, injusticias y personas moralmente deplorables.
Pero convertir toda una civilización en un villano histórico tampoco es hacer historia.
Cuando una ideología necesita convertir toda una historia en una historia de buenos y malos, deja de hacer historia y comienza a fabricar una mitología política.
ENTONCES, ¿QUÉ HACEMOS?
Aquí es donde quiero tener mucho cuidado.
Porque podríamos denunciar la ideología y terminar convirtiéndonos en otra.
Podríamos decir:
“Como ellos son malos, cualquier cosa que hagamos contra ellos está justificada”.
No.
Eso sería exactamente la misma enfermedad.
Si una marcha no funciona, hay que pensar.
Si una protesta no funciona, hay que organizarse.
Si una ley es injusta, hay que combatirla por los medios legítimos.
Hay que educar.
Hay que votar.
Hay que asociarse.
Hay que hablar.
Hay que escribir.
Hay que evangelizar.
Hay que resistir civilmente cuando sea necesario.
Y sí: la tradición católica reconoce la legítima defensa frente a una agresión injusta, incluso con fuerza proporcional a la necesidad.
Pero una cosa debe quedar clarísima:
La legítima defensa no es una licencia para ejercer violencia contra quien piensa diferente.
Que una causa sea justa no convierte automáticamente en justos todos los medios utilizados para defenderla.
LA VIOLENCIA CRISTIANA
Y aquí aparece una palabra incómoda del Evangelio.
Jesús dice:
“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”.(Mt 11,12)
La tradición espiritual cristiana ha entendido también esa violencia como el esfuerzo radical contra uno mismo para vencer el pecado.
Y aquí encuentro una diferencia enorme:
La ideología me pregunta contra quién debo luchar.
El Evangelio me pregunta qué debo vencer en mí.
Mi soberbia.
Mi ira.
Mi egoísmo.
Mi comodidad.
Mi vanidad.
Mi cobardía.
Mi pecado.
Ésa sí es una batalla que nadie puede librar por mí.
Y quizá por eso el cristianismo resulte tan incómodo.
Puedo pasarme la vida denunciando los errores de los demás y no haber corregido uno solo de los míos.
Puedo saber perfectamente quién está equivocado y ser completamente ciego ante lo que está mal en mí.
Puedo defender la doctrina correcta y tener un corazón miserable.
NO NECESITO UN ENEMIGO
Y quizá ésta sea la razón más profunda por la que no quiero que una ideología piense por mí.
No necesito un enemigo.
Tengo demasiado trabajo.
Tengo que aprender.
Tengo que amar.
Tengo que perdonar.
Tengo que corregirme.
Tengo que hacerme responsable de mis actos.
Tengo que buscar la verdad.
Tengo que aprender a vivir.
Y algún día...
tengo que aprender a morir.
Tengo demasiado trabajo interior como para dedicar mi vida a fabricar enemigos exteriores.
Por eso no quiero que una ideología me diga a quién debo odiar.
Quiero una inteligencia capaz de descubrir la verdad... aunque esa verdad no favorezca a los míos.
Porque:
La ideología necesita un culpable.
La inteligencia busca una causa.
La justicia busca la verdad.
Y el cristianismo añade algo todavía más incómodo: me recuerda que el pecador también puedo ser yo.
¿QUÉ SERÍA 100% CATÓLICO HACER?
Ésa es la pregunta que realmente me interesa.
No: ¿Qué haría la izquierda?
No: ¿Qué haría la derecha?
No: ¿Qué harían los progresistas?
No: ¿Qué harían los anticapitalistas?
No: ¿Qué harían los que piensan como yo?
La pregunta es:
¿Qué sería 100% católico hacer?
Y quizá la respuesta empiece por algo bastante sencillo:
Rezar.
Pero también pensar.
Amar.
Pero también corregir.
Perdonar.
Pero también exigir justicia.
Defender la verdad.
Proteger al débil.
Denunciar la injusticia.
Resistir el mal.
Y hacerlo sin convertirnos en aquello que combatimos.
Porque:
No quiero ganar una guerra cultural.
Quiero ser fiel a Cristo en medio de una guerra cultural.
Y entonces vuelvo a aquella frase:
“No intenten enseñarme quién me quiso y a quién debo amar”.
Tengo demasiadas preocupaciones.
Y antes de preguntarme:
“¿A quién debo odiar?”
prefiero preguntarme:
“¿Qué es verdad?”
Después:
“¿Qué debo hacer con esa verdad?”
Y finalmente:
“¿Qué sería, en esta situación, 100% católico hacer?”
Escrito por Mejóram para "Aquí piensa alguien."
13/08/2026
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