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martes, 1 de septiembre de 2026

Leer, hablar y pensar

 Leer, hablar y pensar...

Hace algún tiempo, cierto progre tuvo a bien ofenderse porque decliné entablar discusión con persona que no acertaba a expresarse debidamente por escrito. Posteriormente, y durante algún tiempo ya, he venido escuchando en la radio, contemplando en vídeos y leyendo por estos medios que cada vez son más quienes han resuelto prescindir del pretérito imperfecto del subjuntivo.

Hasta donde alcanzan mis noticias, la Real Academia Española no ha tenido a bien abolir semejante conjugación. Sin embargo, desde que las redes sociales irrumpieron en nuestras vidas, parece que la RAE importa menos que un comino. Lo verdaderamente importante es seguir la moda y, cuanto más estrafalaria sea, tanto mejor.

Ejemplos no faltan: el desdoblamiento del lenguaje; el uso de «ocupo» como si fuese sinónimo de «necesito»; la sustitución del pretérito imperfecto del subjuntivo por el condicional simple; los therians; eso de farmear aura y otras tantas maravillas de la civilización contemporánea que, por ahora, dejaremos en suspenso, pues ya veremos qué nuevos prodigios nos depara septiembre.

Pues bien: por mucho que ello contraríe a uno, a varios o a la totalidad de los progres de la comarca, no estoy dispuesto a malgastar mi tiempo discurriendo acerca de política, filosofía, teología o cualquier otra materia con quien no distingue los tiempos verbales; con quien trueca alegremente unas palabras por otras que no son sinónimas; o con quien considera que introducir una «@» o una «x» en una palabra constituye una operación lingüística digna de ser defendida como racionalmente comprensible.

En semejante circunstancia, me parece perfectamente lícito poner en duda su comprensión lectora. Y, por desgracia, ejemplos de ello tengo para repartir con generosa abundancia.

No parece, pues, empresa particularmente sensata entablar diálogo con quien manifiesta una comprensión cuando menos dudosa y que, por si semejante desventura no fuese suficiente, se halla tan resentido que ha terminado por dejarse inocular las ideologías de moda.

Ya lo sé, ya lo sé: probablemente no poseen ni la octava parte de una noción acerca de qué diantres es el pretérito imperfecto del subjuntivo.

No os aflijáis. Procederé a ilustraros mediante un ejemplo.

«Imagina que llega la muerte a visitarte y tuvieras que salvar solo a una persona, a ti o a tu esposo. ¿A quién salvarías?»

Pues bien: si semejante pregunta hubiese llegado a vuestros oídos por la radio o mediante alguno de esos Reels que parecen haber asumido la noble misión de reducir la atención humana a unos cuantos segundos, quizá en lugar de «tuvieras» habríais escuchado:

«Imagina que llega la muerte a visitarte y tendrías que salvar solo a una persona, a ti o a tu esposo. ¿A quién salvarías?»

Mas, de hecho, la pregunta puede formularse todavía con mayor propiedad:

«Imagina que llega la muerte a visitarte y pudieras salvar solo a una persona: a ti o a tu esposo. ¿A quién salvarías?»

Aunque, bien mirado, tampoco hay yerro alguno en decir «tuvieras que salvar», pues tal construcción expresa precisamente la circunstancia de obligación o necesidad en la que habría de efectuarse la elección.

El problema, por tanto, no consiste en que una determinada forma sea antigua, extravagante o poco frecuente, sino en sustituir alegremente el subjuntivo por el condicional como si ambas formas fuesen perfectamente intercambiables.

Quizá mi ejemplo no sea el más afortunado del mundo; no pretendo erigirlo en monumento nacional. Pero sí he venido escuchando esta sustitución del pretérito imperfecto del subjuntivo por el condicional simple con una frecuencia cada vez mayor.

Y, desde luego, hace ya mucho tiempo que escucho o leo aquella célebre queja contemporánea:

«¡Mucho texto!»

Cuando alguien me lo ha dicho, no puedo evitar preguntarme:

«¿Cómo será la cara de este buen cristiano cuando descubra los libros?»

Porque, al cabo, esto no se reduce a saber conjugar verbos.

La manera en que hablamos no es solamente una cuestión de palabras: también revela si somos capaces de distinguir conceptos.

Si hemos perdido la capacidad de distinguir entre tiempos verbales; entre palabras que significan cosas distintas; entre una afirmación y una opinión, difícilmente podremos aspirar a distinguir entre ideas.

Y quizá, después de todo, el problema no sea que haya «mucho texto».

Quizá el verdadero problema sea que cada vez tenemos menos paciencia para leer, menos cuidado para hablar y menos disposición para pensar.

En resumen: pésima ortografía, comprensión lectora en estado de extremaunción, la lógica jubilada, una creciente colección de resentimientos —acompañados, naturalmente, de nuevas y creativas razones para resentirse— y, por encima de todo ello, un ego que ya quisiera competir en tamaño con el Sol.

Y ahí los tenemos: nuestros doctos opinadores, egresados cum laude de TikTok, Wikipedia y ChatGPT, prestos siempre a pronunciar sentencia sobre aquello que apenas han leído, cuando han tenido a bien leerlo.

Oféndanse.

Tienen pleno derecho a ello.

Pero yo, por mi parte, no tengo obligación alguna de perder mi tiempo.

Ramiro Medina

(Conferencista católico)

01/Sept/2026



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