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domingo, 11 de octubre de 2026

Se los vengo diciendo… ¿y qué?

 Se los vengo diciendo… ¿y qué?

De las advertencias ignoradas a la necesidad de volver a Dios.

El día que escribo esto, ha pasado una semana desde que se leyó el domingo en el Evangelio la parábola del viñador que dio en renta su viñedo. Cuando llegó el momento de cobrar su parte, los arrendatarios golpearon a los enviados. El dueño mandó a otros, y también los mataron. Finalmente, envió a su hijo. Pero ellos, al reconocer que era el heredero, se dijeron que lo mejor sería matarlo para quedarse con su herencia. Entonces Jesús pregunta: ¿qué creen que hará el dueño del viñedo cuando vuelva?


Este domingo se leyó en el Evangelio la parábola del rey que prepara un banquete de bodas. Hace la invitación, pero los invitados no quieren ir.


En la primera parábola, los enviados representan a los profetas, y conocemos la suerte que corrieron muchos de ellos al anunciar lo que Dios les había encomendado. En la parábola del banquete, los primeros invitados representan, en su sentido histórico y teológico, al pueblo de Israel, al que se dirigió inicialmente la invitación de Dios.


Quisiera que tengamos presentes estos dos pasajes mientras les cuento algo que me llama la atención en estos dos pasajes. En uno, los enviados del dueño de la viña son rechazados; en el otro, los invitados al banquete desprecian la invitación. En ambos casos, la iniciativa parte de alguien que llama, que envía, que invita. Pero esa iniciativa no obliga a nadie a responder.


Y quizá ahí tengamos una clave para entender lo que nos sucede.


Dios ha hablado por medio de sus profetas, ha enviado a su Hijo y continúa llamando a los hombres a la conversión. Sin embargo, el hecho de que la advertencia haya sido pronunciada no significa que haya sido escuchada; y el hecho de que la invitación haya sido recibida no significa que haya sido aceptada.


Nosotros, mientras tanto, seguimos advirtiendo. Abrimos canales, publicamos vídeos, compartimos noticias y repetimos que esto no puede terminar bien. Y, cuando finalmente alguien descubre lo que otros llevaban tiempo señalando, aparece la célebre frase: «Se los vengo diciendo».


Pero ¿y qué? ¿De qué sirve haberlo advertido si nadie se dispone a cambiar? ¿De qué sirve reconocer el peligro si seguimos caminando en la misma dirección? Y, sobre todo, ¿de qué sirve identificar los males de nuestro tiempo si no estamos dispuestos a examinar nuestra propia vida y preguntarnos qué lugar ocupa Dios en ella?


Cada vez aparecen nuevas cuentas en las redes sociales cuyos creadores de contenido nos dicen una frase que resuena en mi mente: «Se los vengo diciendo».


Cada vez que la escucho, me duele más. Porque, en cada ocasión, me parece estar escuchándome a mí mismo…


Se los he venido diciendo: hay que pedir discernimiento, hay que conocer nuestra fe, hay que estar preparados. ¡Miren lo que se viene!


Y en muchas ocasiones me he quejado de que parece que hablo con la pared. Siempre son las mismas tres o cuatro personas las que comentan lo que digo por WhatsApp. El número se reduce cuando se trata de comentar en las publicaciones. Y se reduce aún más a la hora de compartir.


Ahora, cada vez que escucho a alguien diciendo «se los vengo diciendo», me doy cuenta de que no soy el único.


No sé si estas personas que «nos lo vienen diciendo» saben que el 99.9 % de la población nos encontramos bajo los efectos de la disonancia cognitiva y el sesgo del presente. Es decir, nos importan todos los kilómetros de cacahuate lo que nos vengan diciendo; o, mejor dicho, lo que venimos diciendo.


Lo venimos diciendo… ¿y qué?


Otros lo vienen diciendo y, además, recolectan firmas en páginas como CitizenGO o Change.org, pero de recolectar firmas no pasamos.


Otros no tienen un canal o un blog para «venir diciéndonos», pero son expertos en quejarse en los comentarios de las publicaciones.


Seamos realistas: ni quejarse en las redes, ni recabar firmas, ni aunque se multipliquen por diez mil los que venimos diciéndolo, va a solucionar nada por sí solo.


En primer lugar, sospecho que no hay mucha conciencia de la relación que tienen los males que padecemos con la indiferencia religiosa. La mayoría no conecta la forma en que la conversión, es decir, la vuelta a Dios, y la solución de nuestros problemas se relacionan.


Los opinólogos, graduados de la Universidad de Reels, pretenden ser expertos en geopolítica, pero ni por accidente se les ocurre que los problemas que se nos vienen encima puedan tener alguna relación con Dios.


Llevamos demasiadas décadas de adoctrinamiento, de primado negativo, de feminización del varón, de masculinización de la mujer y de los hijos de las tinieblas instalándose en puestos de poder. Sin tiempo para Dios, sin tiempo para reflexionar, con disonancia cognitiva y sesgo del presente.


Por eso, aunque haya un ejército de dicharacheros que vienen —porque lo venimos diciendo—, nuestra mente no está preparada para superar el sesgo del presente. Ya pueden estar haciendo fila para conseguir comida, siendo perseguidos por los musulmanes o siendo extorsionados: muchos no se darán cuenta de que había un problema hasta que lo tengan encima.


Los que sí se dan cuenta apenas alcanzan a quejarse en las redes o a recabar firmas, pero sin testosterona suficiente para tomar medidas más contundentes. En parte, porque se nos ha adoctrinado con la idea de que la violencia siempre está mal; a cualquier cosa le llamamos racismo, discriminación, machismo, violencia, etcétera.


Y, de todos modos, quienes quizá pudieran ser conscientes de que son necesarias medidas más contundentes muchas veces tienen una mentalidad infantil: piensan que van a salir con sus espaditas, como si fueran las nuevas cruzadas, cuando el enemigo tiene toda la tecnología a su favor.


Y no, no estoy sugiriendo que estemos en desventaja por eso. La desventaja está en no tomar en cuenta la vuelta a Dios en todo esto.


La vuelta a Dios es lo más importante.


Tal vez hemos dedicado demasiado tiempo a repetir la advertencia y demasiado poco a preparar a quienes tendrían que escucharla. No necesitamos solamente más personas capaces de decir «se los vengo diciendo», sino personas dispuestas a responder a la llamada de Dios. Porque el propósito no es que algún día podamos demostrar que teníamos razón, sino que, cuando llegue la hora de responder, hayamos aprendido a escuchar.


Y quizá aquí está la clave del asunto: a lo mejor, en lugar de seguir «viniendo a decirlo», habría que buscar a esos pocos que estuvieran dispuestos a lo que sea, pero principalmente a volver a Dios; personas que, teniendo a Dios en el centro de toda decisión y de toda referencia, clamen al cielo pidiendo ayuda.


Y, con la ayuda, el discernimiento; y, con el discernimiento, una intensa vida de oración y estudio de la Tradición.


Entonces, como ya se ve que en todo el mundo se recrudece la persecución contra los cristianos, empezaríamos a ver resultados muy distintos. Porque no es lo mismo perseguir a cristianos que ya habían abdicado de la fe por el progresismo que perseguir a uno o dos que tienen como modelo a los Macabeos o el testimonio de Ester.


Solo así, con una buena formación, una intensa vida de oración y la confianza puesta únicamente en Dios, podremos afrontar lo que venga. Porque no importa cuántos drones haya, cuánta vigilancia tengan ni cuánto control quieran ejercer sobre todo: si Dios está a cargo, que tiemblen ellos.


Mientras tanto, se los vengo diciendo… y ahora conozco cada vez más gente que lo viene diciendo.


No sé hasta cuándo.


Ramiro Medina (Mejóram)

Conferencista católico.

11/Oct/2026

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