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miércoles, 17 de junio de 2026

La gran tontería de los más inteligentes

 LA GRAN TONTERÍA DE LOS MÁS INTELIGENTES

-El absurdo de la razón sin gracia y la sofisticación del error-


En 1987 surgió en Ciudad Nezahualcóyotl una agrupación llamada Víctimas del Dr. Cerebro. Hoy, sin darnos cuenta, hemos pasado de eso a algo peor: somos víctimas de nuestra propia inteligencia.

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Santo Tomás distingue entre la razón natural y la luz de la gracia. San Pablo, por su parte, llama hombre psíquico —también hombre viejo— a aquel que se mueve únicamente en el plano de la razón natural.

Y ese es, precisamente, el problema.

Vivimos en una época en la que abundan los inteligentes, pero escasea el discernimiento. Personas capaces en su campo, agudas, formadas… pero incapaces de acceder a un pensamiento espiritual ordenado. No porque no puedan razonar, sino porque razonan sin luz.

No basta pensar bien para pensar verdaderamente.

A pesar de dos mil años de cristianismo y de contar con los mejores medios de comunicación de la historia, apenas unos cuantos parecen percibir lo que podría llamarse, sin exageración, un apagón intelectual. No por falta de información, sino por exceso de confianza en una inteligencia que se basta a sí misma.

Y cuando la inteligencia se basta a sí misma, deja de buscar.

Es especialmente grave que esta confusión haya penetrado incluso en ámbitos donde debería haber mayor claridad. Como señalaba el sacerdote argentino Julio Menvielle:

"Hoy no se hace Teología, ni Filosofía a secas; se hace pastoral y praxis filosófica… La Teología y la Filosofía se convierten en saberes puramente humanos.

Cuando lo que debe elevar al hombre hacia Dios se rebaja al nivel del hombre, no se vuelve más accesible: se vuelve irrelevante.

El problema no es que la teología sea práctica o pastoral. Lo es. Pero cuando deja de ser, ante todo, contemplación de la verdad, pierde su sustancia." (Menvielle, La Iglesia y el mundo moderno)

Y algo similar ocurre fuera del ámbito eclesial. El ateo, confiado en su propia inteligencia natural, puede llegar a cerrarse —sin advertirlo— a cualquier posibilidad de trascendencia. No por falta de capacidad, sino por exceso de seguridad. Se siente lúcido… precisamente cuando ha dejado de ver.

Pero aún más inquietante es lo que sucede entre quienes deberían ser luz. Poco a poco, sin escándalo, se ha ido instalando la idea de que cada quien puede sostener su propio “evangelio”, incluso cuando contradice el Evangelio.

No se niega la verdad: se diluye.

No se combate el error: se justifica.

Y lo más grave: se hace con argumentos.

La sofisticación del error consiste precisamente en eso: en dejar de parecer error.

Así, prácticas y enfoques que en otro tiempo habrían sido cuestionados, hoy no sólo se toleran, sino que se explican, se defienden y finalmente se normalizan. Siempre hay expertos capaces de encontrarles una justificación aceptable. Mientras tanto, lo esencial se vuelve incómodo, exigente, y por tanto, prescindible.

El resultado es predecible: el creyente promedio, sin formación y sin interés en adquirirla, queda a la deriva entre discursos opuestos, todos aparentemente bien fundamentados.

Y entonces ocurre lo más desconcertante: pareciera que tener fundamentos deja de ser garantía de verdad.

Porque ya no basta con tener razones; ahora es necesario discernir su calidad. Y ese es precisamente el hábito que hemos perdido.

En el camino hemos olvidado algo elemental: que no todo pensamiento merece el mismo crédito. Que no toda corriente es compatible con la verdad. Que no todo lo que se puede argumentar se debe sostener.

Hemos llamado filósofos a quienes negaban la posibilidad misma de la verdad, y hoy nos sorprende vivir rodeados de ideologías que, con distintos nombres, hacen exactamente lo mismo.

El problema no es la diversidad de posturas.

Es la incapacidad de distinguir entre ellas.

Por eso no resulta extraño que tradicionalistas, progresistas y toda clase de posturas intermedias puedan presentar bibliografías, citas y argumentos que respaldan sus posiciones. El conflicto ya no está en la falta de fundamentos, sino en la ausencia de criterio para evaluarlos.

Y para quien no tiene discernimiento, todo suena convincente.

Vivimos, así, una paradoja inquietante:

nunca hubo tantos capaces de argumentar… y nunca fue tan difícil encontrar a alguien que entienda.

Presiento que gran parte de la batalla final —esa de la que habla el Apocalipsis— no se librará tanto en los acontecimientos visibles, sino en el interior de la conciencia humana.

Porque es ahí donde puede consumarse el mayor engaño:

tener razón… y estar profundamente equivocados.

El problema no es la falta de inteligencia.

Es su exceso sin orden, sin verdad y sin gracia.

Y cuando eso ocurre, el hombre no se pierde por ignorante…

sino por creerse iluminado.


Ramiro Medina 

Conferencista católico 

16-Jun-2026


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Dios te bendiga hoy y siempre.


Con gratitud,

MEJÓRAM

Conferencista Católico












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